Las Batallas
En Morelos, la violencia no solo se ejerce: se administra. Y cuando el Estado decide moverse, rara vez lo hace sin cálculo. La detención de Edgar “N”, alias El Contador, la mañana del viernes en inmediaciones de Plaza Cuernavaca, no es un hecho aislado ni un operativo más. Es un movimiento que, en el tablero criminal del estado, equilibra la balanza.
Hace apenas unos días, el gobierno había detenido a Marlén N., figura pública que se asumió como defensora de La Empresa y que terminó convertida en símbolo de la captura del poder local por parte de ese grupo. Su arresto fue un mensaje: “aquí manda el Estado”. Pero en Morelos, donde los grupos criminales no operan en solitario sino en espejo, un golpe a uno suele interpretarse como un favor al otro.
Por eso la detención de El Contador tiene otra lectura: equilibrio. Si se detiene a alguien de un grupo, también se detiene a alguien del grupo contrario. No para complacerlos, sino para que ninguno pueda reclamar ventaja.
Según las primeras versiones oficiales, Edgar “N” estaría vinculado a la organización conocida como La Unión Tepito–Cártel Nuevo Imperio, una escisión del Cártel de Sinaloa que opera en la región de Los Altos de Morelos: Tlalnepantla, Totolapan, Tlayacapan, Tetela del Volcán, Ocuituco y Yecapixtla. También en Cuautla. No es un territorio menor: es la franja donde se han registrado algunos de los hechos más violentos de los últimos años.
Dentro de esa estructura, El Contador habría fungido como encargado de proveer recursos financieros y realizar operaciones de lavado de dinero. No era un pistolero: era un operador. Y en los grupos criminales, los operadores financieros son más valiosos que los sicarios. Son los que sostienen la maquinaria.
Las fuentes consultadas señalan que el liderazgo recaía en un individuo conocido como “Milton” o “General”, mientras que otro sujeto apodado “El Barbas” tenía funciones operativas. Pero como suele ocurrir en Morelos, las diferencias internas terminaron fragmentando a la organización. Y cuando un grupo se fractura, el dinero se vuelve sospechoso, los operadores se vuelven vulnerables y los gobiernos —si quieren— encuentran la oportunidad para entrar.
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La relevancia de esta detención no está solo en el personaje, sino en lo que representa. El grupo al que presuntamente pertenece ha sido vinculado con ejecuciones de presidentes municipales en Tetela del Volcán y Yecapixtla, así como con un atentado contra el exalcalde de Ocuituco. También se le relaciona con la muerte de un mando de la Secretaría de Seguridad Ciudadana de la Ciudad de México en territorio mexiquense. No son delitos menores. No es un grupo menor.
Y en el caso particular de Edgar “N”, las autoridades señalan que pasó de ser chofer del entonces alcalde de Tetela del Volcán a manejar cientos de miles de pesos semanales, adquirir propiedades, ranchos, cultivos de aguacate y vehículos de lujo. Ese tipo de ascensos no ocurren por talento administrativo. Ocurren por poder.
Por eso la detención de El Contador no es solo un operativo exitoso: es un mensaje político. Hace unos días cayó Marlén, vinculada a La Empresa. Hoy cae un operador financiero de su grupo rival. El Estado dice: “no tenemos favoritos”.
En un Morelos donde la ciudadanía ha visto cómo los grupos criminales se disputan territorios, alcaldías, rutas y hasta fiestas patronales, la única forma de recuperar credibilidad es mostrar que la ley se aplica en todas direcciones. No solo contra quienes hacen más ruido. No solo contra quienes se exhiben en videos. También contra quienes mueven el dinero, compran voluntades y sostienen la estructura.
La pregunta, como siempre, no es si la detención es importante —lo es—, sino si será suficiente. Porque detener a un operador no desmantela una red. Detener a dos operadores de grupos distintos no reconstruye un estado. Pero sí manda un mensaje: el equilibrio empieza a moverse.
Y en Morelos, donde durante años la balanza estuvo inclinada hacia el crimen, cualquier movimiento hacia el centro ya es noticia.
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