Interdependencia, empatía y madurez
Cada 15 y 16 de septiembre México repite los mismos nombres: Hidalgo, Morelos, Allende, Aldama. Son necesarios, pero incompletos. Detrás de la gesta que hoy conmemoramos hubo miles de mujeres que empuñaron el fusil, cargaron correspondencia secreta, escondieron insurgentes en sus casas, empeñaron sus joyas y, en no pocos casos, entregaron la vida. La mayoría no tiene una calle con su nombre.
En Morelos conocemos bien esta historia, porque parte de ella ocurrió aquí. Durante el Sitio de Cuautla, una joven llamada Juana Guadalupe Arcos Barragán —a quien la tropa apodó "la Barragana"— cruzó líneas realistas para avisar a José María Morelos de la llegada de las tropas de Calleja. Con el tiempo llegó a comandar un batallón propio. Fue capturada y fusilada en 1820, meses antes de que se consumara la independencia que ayudó a construir.
No fue la única. María Fermina Rivera combatió junto a Vicente Guerrero hasta morir en batalla en 1821. Antonia Nava, "la Generala", sostuvo la moral de la tropa de Nicolás Bravo en uno de los sitios más duros de la guerra. Josefa Ortiz de Domínguez arriesgó su libertad para que la conspiración de Querétaro no muriera antes de nacer. Y hubo cientos más —indígenas, mestizas, criollas— que fungieron como espías, correos, proveedoras de armas y alimento, o que simplemente sostuvieron comunidades enteras mientras los hombres estaban en el frente. Ese trabajo, menos visible, también fue independencia.
Para dimensionar la magnitud de su transgresión, es fundamental recordar el estatus legal y social que enfrentaban. En la sociedad virreinal y en los albores del México independiente, las garantías individuales —que hoy defendemos bajo el marco irrenunciable de los derechos humanos— eran una prerrogativa exclusiva de los hombres.
Las mujeres vivían bajo una tutela legal perpetua, supeditadas a la autoridad de sus padres y, posteriormente, a la de sus maridos. Carecían de autonomía jurídica, derecho a la propiedad independiente, acceso equitativo a la educación y de cualquier forma de participación política o ciudadana; ante la ley civil, eran tratadas como menores de edad. Involucrarse en la insurgencia no fue solo un acto de rebelión contra la Corona española, sino una ruptura absoluta y valiente con el orden patriarcal que les negaba el estatus de personas con derechos plenos.
Durante mucho tiempo, la historia oficial redujo esta participación a la anécdota romántica: la mujer enamorada que sigue a su hombre a la guerra. La revisión histórica reciente ha mostrado algo distinto: mujeres que actuaron por convicción política propia, con plena conciencia del riesgo. Leona Vicario lo dijo con claridad en 1832, cuando le reclamó a Lucas Alamán haber minimizado su participación al amor que sentía por su esposo: las mujeres, respondió, también son capaces de desear la gloria y la libertad de la patria por sí mismas.
¿Por qué le importa esto a una Comisión de Derechos Humanos? Porque la manera en que un país recuerda su pasado dice mucho sobre lo que está dispuesto a proteger en su presente. Si silenciamos durante dos siglos la participación política de las mujeres en la fundación de México, no debería sorprendernos que hoy sigamos teniendo que insistir en que sus derechos —a la seguridad, a la justicia, a una vida libre de violencia, a decidir— no son una concesión, sino algo que ya se ganaron desde el origen mismo del país.
Desde la Comisión de Derechos Humanos del Estado de Morelos trabajamos todos los días con mujeres que, guardando las enormes distancias históricas, todavía tienen que ser valientes para ser escuchadas: quienes denuncian violencias, quienes buscan a una hija desaparecida, quienes exigen que sus procesos como servidoras públicas se resuelvan con perspectiva de género. La memoria de Juana Guadalupe Arcos Barragán, de Josefa Ortiz, de María Fermina Rivera, no es un adorno patrio de septiembre: es un mandato. Nos recuerda que la igualdad sustantiva no se decreta, se construye, y que las instituciones tenemos la obligación de nombrar a quienes la historia oficial olvidó nombrar.
Este 16 de septiembre, cuando escuchemos los nombres de siempre, hagamos un ejercicio sencillo: preguntarnos cuántas mujeres insurgentes podemos nombrar sin ayuda. Si la respuesta es ninguna o casi ninguna, ahí está exactamente el trabajo pendiente. No se trata de sustituir una lista de héroes por otro, sino de contar la historia completa, con la mitad de sus protagonistas incluida. Esa también es una forma de justicia, y en la Comisión de Derechos Humanos de Morelos la asumimos como parte fundamental de nuestra labor.
“En Morelos, todos los derechos para todas las personas.”