Las Batallas
A Samir Flores Soberanes lo conocí en el primer Congreso de Pueblos de Morelos, en la UAEM, allá por 2015. Ahí se constituyó la Asamblea de Pueblos de Morelos, misma que sumó a prácticamente todas las resistencias contra megaproyectos en la entidad. De hecho, en aquella primera gran reunión hubo invitados de prácticamente todos los movimientos de defensa del territorio del país.
Más tarde, se replicó la experiencia en Huexca, allá en Yecapixtla, donde la comunidad estaba levantada contra la termoeléctrica y la terquedad de Graco Ramírez de imponerles su visión del desarrollo —y del negocio personal—. Hubo también reuniones en Amilcingo, donde estudiantes de la UAEM hicieron servicio social trabajando con la comunidad.
Alguna vez le pregunté por su parentesco con Vinh Flores Laureano, el activista social histórico en Amilcingo, fundamental para la Normal Rural Emiliano Zapata y para la organización comunitaria del municipio, quien fuera asesinado por gente al servicio del gobierno en los años 70.
Samir se turbó un poco ante la pregunta. Era una pregunta muy personal. Yo no se la había hecho como reportero, se la hice al amigo. Pero de todos modos se descolocó. Me confirmó que era sobrino de Vinh, pero al mismo tiempo me dijo que no le gustaba hablar de eso, porque no quería que se entendiera que él usaba a su tío como estandarte.
Lo entendí, jamás le volví a preguntar. En ese momento no sabíamos que no sólo los uniría el parentesco, sino también el destino. El 20 de febrero de 2019, alrededor de las 6:30 de la mañana, un mensaje en WhatsApp se clavó como espina en la barriga: Samir había sido atacado a balazos. Nadie se atrevía a confirmar que ya había muerto.
Y aquí el contexto importa. Samir era una de las voces más visibles contra el Proyecto Integral Morelos: la termoeléctrica, el gasoducto y el acueducto. Había denunciado amenazas, presiones, la presencia de grupos criminales operando como brazo informal del Estado, y había cuestionado públicamente la consulta que el gobierno pretendía usar para legitimar el proyecto. Su asesinato ocurrió dos días antes de esa consulta. No fue un crimen común: fue un mensaje.
La verdad es que Samir era excepcional. No buscaba destacar, a pesar de que utilizó un canal para comunicar sus ideas y críticas que siempre resulta envanecedor: la radio. Sin embargo, sencillo como era, nunca se trepó al tabique. Indígena que era, Samir siempre volvía a la comunidad.
En 2018, cuando el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) convocó a elegir una candidata para registrarla como independiente a la Presidencia de la República, fui a buscarlo y le pregunté. Pensé que me diría algo así como: “es una excelente provocación de los compas” o “le vamos a entrar duro con nuestras propuestas”. Pero no. Se quedó pensando un rato y me dijo:
“Nosotros tenemos que consultarlo con nuestra gente, con la comunidad… Son ellos quienes deciden, no nosotros.”
Ahí estaba Samir: coherente, comunitario, sin protagonismos. No quiere decir que no tuviera defectos —no lo idealizamos—, pero si existió alguien congruente entre lo que hace y dice, ese era Samir.
Nos haces falta, amigo, pues quienes te vilipendiaron y un día decidieron acabar contigo siguen en la impunidad. Pero confiamos en que habrá justicia. Más tarde que temprano, pero llegará. Sigues vivo en el movimiento, pero se te extraña.
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