Tiempos Modernos: El podcast de Quadratín Morelos
La idea de madurez que solemos admirar tiene que ver con no necesitar de nadie. Resolver solos(as), no depender. Esta idea se observa también en los vínculos afectivos como un mantra: no involucrarse tanto, pues la ausencia de alguien pueda doler; no necesitar de nadie, pues la dependencia asusta. Como si necesitar fuera un defecto y la máxima expresión de autonomía consistiera en poder vivir en soledad.
Pero hay algo problemático en ese ideal: contradice parte de nuestra historia como especie. Los seres humanos somos profundamente interdependientes. Nacemos incapaces de sobrevivir sin ayuda y permanecemos durante años bajo el cuidado de otras(os). Nuestra evolución se ha explicado mejor por la cooperación, el apego, el cuidado y la capacidad de comprender los estados mentales y afectivos de los(as) demás; todo eso nos permitió vivir en colectivo y sobrevivir. En todo ello, la empatía tuvo –y sigue teniendo– un papel importante para el desarrollo de la comunicación afectiva, el vínculo social y el cuidado parental, es decir, para aquellos procesos fundamentales de la interdependencia.
La empatía no consiste únicamente en sentir lo que otra persona siente. Una de sus dimensiones, la empatía cognitiva, implica ser capaces de comprender una perspectiva diferente de la propia. Y para hacerlo necesitamos capacidades que se desarrollan poco a poco: control de impulsos, sostener información en la mente y ser cognitivamente flexibles (Yan, Hong, Liu y Su, 2019). Dicho de otro modo: comprender realmente a alguien exige operaciones cognitivas avanzadas: contener por un momento la propia reacción (control de impulsos), aceptar que nuestra interpretación no es la única posible (retener información interna y externa) y hacer espacio mental para una experiencia que no es la nuestra (flexibilidad). ¿Y si eso es la madurez?
Madurar no tendría que significar necesitar cada vez menos de los demás. Podría significar adquirir una capacidad cada vez mayor para reconocerlos y, luego entonces, vincularnos. Entender que el/la otro(a) no es una extensión de mí y puede querer algo distinto, sentir de otra manera, necesitar cosas que yo no necesito y mirar la misma realidad desde otro lugar. Es decir, ni relacionarme con el/la otro(a) desconociéndolo y negándolo (ausencia de empatía), ni alejándome porque temo relacionarme. Quizá la dependencia no es lo contrario de la madurez; es la incapacidad de relacionarnos con el otro(a) como otro(a).
Esto permite mirar los vínculos de otra manera. Conocer a alguien –y dejarnos conocer por alguien– hasta reconocer qué significa un silencio, una mueca, anticipar una risa o comprender aquello que no logra decir, no necesariamente representa una amenaza para la propia autonomía. Hay algo muy humano en esa complicidad: dos personas que, sin dejar de ser distintas, han aprendido a leerse. La idea de autonomía predominante (neoliberal, patriarcal) enseña que eso dé miedo, pero es evolutivamente bello.
Quizá la madurez no consiste en una vida donde nadie nos haga falta. Quizá sea más bien algo opuesto: poder vincularnos profundamente. En un vínculo profundo, la empatía cognitiva se expresaría, por ejemplo, en tener la capacidad de herir y elegir no hacerlo: controlar el impulso de dañar, recordar que conocemos las vulnerabilidades de la otra persona y no usarlas a nuestro favor. Es, además, tener la flexibilidad para reconocer que nuestra posición, por legítima que sea, no contiene toda la verdad.
Nuestra especie no evolucionó aprendiendo a no necesitar a nadie. Llegó desarrollando capacidades cada vez más complejas para cooperar, cuidar, interpretar y reconocer lo que sienten los demás.
Fuentes:
Yan, Z., Hong, S., Liu, F. and Su, Y. (2020), A meta-analysis of the relationship between empathy and executive function. Psych J, 9: 34-43. https://doi.org/10.1002/pchj.311




