Las Batallas
Hay momentos en la vida pública de un estado que funcionan como un espejo. No porque revelen algo nuevo, sino porque obligan a mirar lo que siempre estuvo ahí y que, por costumbre o por miedo, preferimos no ver. En Morelos, ese espejo se rompió con los feminicidios de Kimberly, Karol y, meses antes, Ailyn. La UAEM no volverá a ser la misma, pero tampoco la sociedad morelense. Lo que estalló estos días no es solo dolor: es la conciencia súbita de que habitamos un ecosistema de violencia que atraviesa hogares, escuelas, calles, chats, iglesias, bares, oficinas y universidades.
La violencia feminicida no es un fenómeno aislado ni un error del sistema: es el sistema. Y ese sistema tiene un rostro, un género y una pedagogía.
Es fácil exigirle al gobierno que actúe —y debe hacerlo—, pero hay una parte de esta violencia que no se resuelve con protocolos, patrullas ni cámaras. Es la violencia que se cocina en lo cotidiano:
Esa violencia no la producen las instituciones: la producimos nosotros, los hombres. Y ahí está el núcleo más difícil de transformar.
La antropóloga Rita Segato lo explica con precisión: la violencia contra las mujeres no es un exceso individual, sino un mandato de masculinidad (Segato, 2016). Es decir, los hombres no nacen violentos: son entrenados para serlo. El sociólogo Michael Kimmel lo llama “la jaula de la hombría”: un sistema donde los hombres se vigilan entre sí para no parecer débiles, sensibles o “menos hombres” (Kimmel, 2008). Y el psicólogo Luis Bonino acuñó el concepto de micromachismos para describir esas prácticas sutiles, cotidianas, casi invisibles, que sostienen la desigualdad y que, acumuladas, crean el terreno fértil para la violencia extrema (Bonino, 2004).
Morelos no es la excepción: es el laboratorio perfecto de esa pedagogía.
La UAEM está atravesando un duelo que es también una revelación. Las estudiantes no solo lloran a Kimberly y a Karol: se reconocen en ellas. Reconocen los pasillos oscuros, los profesores que incomodan, los novios que controlan, los compañeros que se burlan, los grupos de chat donde circulan fotos sin consentimiento, los silencios institucionales, las denuncias que no avanzan.
La universidad no falló solo por falta de seguridad: falló porque reprodujo la cultura que hace posible la violencia. Y eso no se arregla con más cámaras ni con más policías. Se arregla con una transformación profunda de las relaciones, de los códigos, de los pactos masculinos que operan en cada salón, en cada grupo estudiantil, en cada fiesta.
La pregunta es incómoda, pero necesaria. No se trata de culpabilizar a todos los hombres por igual, sino de reconocer que la violencia no es un accidente individual, sino un privilegio estructural.
Los estudios de masculinidades coinciden en tres puntos:
1. Los hombres somos el principal factor de riesgo para otros hombres y para las mujeres
El 90% de los homicidios en México son cometidos por hombres y el 90% de las víctimas también son hombres (INEGI). La masculinidad violenta no solo mata mujeres: mata hombres.
2. La violencia se aprende y se puede desaprender
La psicóloga Carolina Duek señala que la masculinidad es una “tecnología social”: se enseña, se reproduce y se puede desmontar (Duek, 2019).
3. La transformación no ocurre sin incomodidad
El filósofo Paul Preciado lo dice sin rodeos: “La masculinidad es un régimen político”. Y ningún régimen se desmonta sin conflicto.
Lo que ocurrió estos días no es solo una protesta: es un ultimátum. Las mujeres ya no están dispuestas a negociar su seguridad. La UAEM ya no puede seguir operando como si nada hubiera pasado. Y los hombres ya no podemos seguir fingiendo que no somos parte del problema.
La pregunta no es si la universidad cambiará. La pregunta es si nosotros vamos a cambiar.
Porque si algo dejaron claro Kimberly, Karol y Ailyn es que la violencia no empieza en el feminicidio: empieza mucho antes, en los gestos que normalizamos, en los silencios que permitimos y en los privilegios que no cuestionamos.
Morelos está frente a un espejo roto. La imagen duele, pero es real. Y ya no podemos mirar hacia otro lado.