Bajo el volcán: Demasiado al norte
La palabra “moderno” es una con la que todos los que vivimos en la Tierra en estos momentos nos identificamos. Generalmente, la relacionamos con progreso, con ciencia, con libertad. Pero,¿sí ha sido así?
Como parte de mi tesis doctoral, he tenido que leer sobre muchos temas. Pero quizá el más interesante ha sido estudiar la Modernidad, porque implicó enfrentarme a lo que yo misma pensaba que significaba. También encontré respuestas a preguntas que llevaba haciéndome desde hace mucho tiempo. En especial una: siempre me ha parecido muy curiosa la fijación del gobierno mexicano con el “progreso”. Pero no un “progreso” de todos, sino un progreso que “se ve”. Por ejemplo, si ponen torres de alta tensión en una comunidad muy pequeña que hasta entonces vivía con la luz del Sol, se anuncia como que “llegó el progreso a ese pueblo; ¡la modernidad!”. Pero, de nuevo, ¿sí fue así?
Muchos filósofos, antropólogos y sociólogos se han cuestionado este concepto de la modernidad y sus consecuencias. Por ejemplo, Ulrich Beck se enfoca en los riesgos futuros de la modernidad. Él argumenta que todos estos “progresos” han sido a costa de la Naturaleza y que llegará el día en que viviremos esas consecuencias. El pequeño detalle es que ese futuro del que él habla es nuestro presente. Este presente en el que los recursos de la Tierra ya no nos alcanzan para sostener nuestro estilo de vida consumista; en el que creemos que un viaducto elevado para automóviles privados es más importante que salvar un río.
Por otro lado, Latour afirma provocativamente que “nunca fuimos modernos”, bajo el argumento de que esta separación entre la Sociedad y la Naturaleza ha sido ideológica, pues en la realidad cotidiana siempre ha existido una relación entre ambas. Es decir, las redes que conectan lo natural (i.e. lo objetivo, lo científico, lo material) con lo social (i.e. lo político, lo cultural, lo humano) suceden continuamente y producen fenómenos como el cambio climático, mutaciones en virus u organismos genéticamente modificados. Por lo tanto, Latour recuerda que esta fijación de la modernidad por separar a la naturaleza de la sociedad es contradictoria, pues la propia modernidad ha producido mezclas entre ambas, como lo es el cambio climático. Sin esa necesidad de producción masiva para satisfacer el consumismo, no tendríamos las consecuencias de la contaminación y la extracción masiva de bienes naturales.
Nuestra realidad actual es esa que plantearon hace décadas autores como Latour y Beck, entre otros. Aquella sobre la que nos invitaban a reflexionar y que hoy ya nos alcanzó. Sin embargo, estos autores no ven nuestro presente como un fin, sino como un momento que requiere de una profunda reflexión, además de acción individual y colectiva. Por ejemplo, el activista y autor mexicano Pablo Montaño expone en El Libro de la Esperanza Climática datos y acciones que podemos realizar para enfrentar esta realidad tan compleja en la que vivimos y que, a ratos, parecería muy desesperanzadora.
Desde mi perspectiva, los invito a que redefinamos esos grandes conceptos de la modernidad, empezando por preguntas simples: ¿qué consideramos moderno? ¿qué calificamos como progreso? ¿qué es un buen futuro? Para mí, esas respuestas están en el mundo que le quiero dejar a mi hija: uno en donde lo moderno sea saber cultivar y cuidar el agua; donde el progreso sea proteger la Naturaleza y entender que somos parte de ella; y donde el futuro sea uno lleno de proyectos colectivos que busquen el bien común, donde la moda sea preservar y no desechar.