Bajo el volcán: Demasiado al norte
Recientemente volví al teatro con un amigo después de varios meses de no ir. Había olvidado un poco ese protocolo de llegar, buscar nuestros lugares y esperar las tres llamadas que anuncian que la función está por comenzar. Me gusta el teatro porque toda puesta en escena implica una apuesta compartida: quienes están sobre el escenario asumen un papel y una, desde la butaca, acepta el suyo. Nos acomodamos, guardamos silencio y consentimos quedarnos durante un par de horas ahí, mirando. Disfruto mucho ese tránsito en el que nos convertimos en público. Me gusta, sobre todo, que el pacto teatral comprometa también nuestros cuerpos: permanecer sentadas, guardar silencio, sostener la mirada en un mismo sitio y entregarnos, durante un rato, al movimiento de otros cuerpos frente al nuestro.
El cuerpo que tuve enfrente esa noche fue el de Ricardo Daniel. Carpa: herencia de rebote, escrita e interpretada por él, con dirección y coreografía de Camila Arroyo, comenzó como una investigación sobre el frontón y terminó encontrándose con un padre. Acaso los padres tengan esa costumbre: hacerse lugar incluso cuando creíamos estar hablando de otra cosa.
La cancha ocupa el centro de la escena y fue también uno de los territorios que Ricardo compartió con el suyo. Su padre era un buen jugador y dedicó al frontón una parte enorme de su vida, a veces más grande que la que dedicaba a sus propios hijos. Ricardo no heredó esa destreza. En el argot del juego, Carpa es quien entrena, insiste y no consigue mejorar. Ricardo es carpa. Lanza la pelota contra el muro, recibe el rebote y vuelve a intentarlo.
Durante la función pensé que quizá empezamos a preguntarnos quiénes fueron nuestros padres un poco tarde. En la infancia parecen existir desde siempre. Sabemos que tienen un pasado, claro, pero durante mucho tiempo ese pasado se parece a la prehistoria: ocurrió antes de que empezara el mundo que conocemos. Luego crecemos y algo cambia. Aparece la certeza de que hubo una persona completa antes de nosotras, alguien que tuvo miedo, quiso cosas, sufrió, se equivocó, hizo daño, recibió ciertos afectos y careció de otros. Alguien a quien nunca podremos conocer.
Ricardo intenta acercarse a esa persona con lo que tiene. Sobre el escenario aparecen grabaciones, videos, voces, anécdotas y movimientos aprendidos muchos años atrás. Un audio conserva una voz; un video, un gesto; el cuerpo puede repetir la manera en que otro cuerpo golpeaba una pelota. Ninguno de esos restos le devuelve la completud de quien fue su padre. Ni siquiera juntos.
Mientras veía aparecer esos fragmentos pensé en el comienzo de Pedro Páramo: “Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre”. Juan Preciado llega buscando a un hombre y encuentra voces. Pedro Páramo está disperso en quienes lo conocieron, en sus recuerdos, sus rencores y las versiones contradictorias que conservan de él. Para acercarse a su padre tiene que escuchar lo que quedó en los otros.
Con nuestros padres hacemos a veces una investigación parecida. Preguntamos a quienes los conocieron antes que nosotros. Miramos fotografías buscando una expresión que reconozcamos. Escuchamos anécdotas familiares que hemos oído veinte veces y de pronto atendemos un detalle distinto. Encontramos una carta, una canción que les gustaba, una manera de mover las manos que descubrimos también en las nuestras. Vamos reuniendo indicios de una vida a la que nosotras llegamos después.
Nada garantiza que lo que encontremos sea amable. Ricardo dice con una claridad que la obra no intenta corregir: su padre fue una persona mala. Me interesa esa convivencia entre el saber y la pregunta. Podemos reconocer el daño que alguien hizo y seguir queriendo saber quién era, de dónde venía, qué ocurrió en su vida antes de cruzarse con la nuestra. Saber más no modifica necesariamente el juicio.
Volví a este poema de Nikita Gill:
En otro universo,
conozco a mi padre
cuando él es niño.
Jugamos a la pelota en el bosque
y mientras jugamos me dice
que no tiene permitido llorar
pero algunas veces el mundo
lo lastima y no sabe
qué hacer con todo ese dolor.
Así que le doy el hombro
que necesita para llorar.
Y lo hace. Lo hace
hasta que las lágrimas paran.
Después, le compro un helado
y escucho su risa,
la cálida y entusiasta risa
de un niño que sabe que está a salvo.
Desearía que alguien
hubiera hecho eso por él.
Ser un lugar seguro
para el niño que solía ser.
¿Eso hubiera hecho alguna diferencia?
¿Eso hubiera hecho alguna diferencia?
Esa última pregunta queda dolorosamente abierta. ¿Habría sido distinto ese padre si alguien hubiera cuidado al niño que fue? No podemos saberlo y, a estas alturas, quizá tampoco es necesario. Preguntarse por ese niño no obliga a perdonar al adulto. Podemos intentar comprender la historia de alguien sin que esa comprensión borre lo que hizo. Quizá crecer también sea aprender a sostener ambas cosas: el daño que conocemos y la vida que apenas podemos imaginar.
Esa vida anterior se nos aparece apenas por fragmentos. Sabemos que nuestros padres fueron niños y adolescentes, que tuvieron amigos que nunca conocimos, amaron a personas cuyos nombres quizá ignoramos y sintieron miedos o vergüenzas de los que nunca nos hablaron. Mucho antes de conocernos aprendieron ciertas maneras de querer, de callar, de defenderse y de estar con los otros. Cuando llegamos a sus vidas, conocemos a las personas que esa historia fue formando y muchas veces vivimos sus consecuencias sin conocer del todo sus causas.
La herencia es una cosa extraña. Es fácil reconocerla en un apellido, una casa, una habilidad, un gesto que pasa de una generación a otra. Más difícil es verla en las ausencias, en las preguntas que nadie respondió, en ciertas maneras de callar o en miedos cuyo origen no sabemos cómo rastrear. También los dolores encuentran formas extrañas de viajar de un cuerpo al siguiente. A veces recibimos incluso la tarea de hacer algo con aquello que el otro dejó sin resolver.
Quizá por eso me impresiona pensar que nunca terminamos de conocer a nuestros padres. Podemos reconstruir episodios de sus vidas, preguntar a quienes los conocieron antes que nosotros y buscar, muchos años después, explicaciones que nos hicieron falta. Aun así, una parte permanece fuera de nuestro alcance. El niño que alguna vez fue nuestro padre pertenece a un tiempo al que no llegamos. No podemos entrar ahí para preguntarle qué le pasó. Apenas podemos imaginarlo.
Y entonces vuelvo a Ricardo frente al muro. No heredó la habilidad de su padre para el frontón y sigue siendo carpa. Acomoda el cuerpo, golpea la pelota y espera. Puede que su padre no esté, pero algo de él se le devuelve con cada rebote. Nunca entero, nunca de la manera prevista. Lo suficiente, acaso, para que vuelva a poner su cuerpo frente al muro y lance otra vez, insistiendo.
Las preguntas que hacemos sobre nuestros padres tienen a veces esa forma. Las lanzamos contra los recuerdos, las historias familiares, las fotografías y las cosas que dejaron. Algo nos es devuelto. Con eso intentamos reconstruir a una persona que, incluso cuando está viva y sentada frente a nosotros, nunca podremos conocer por completo.
El padre conserva una parte de enigma y, para hacer habitable la incertidumbre de la ignorancia, tenemos, afortunadamente, al teatro. Durante un par de horas podemos poner en escena la pregunta, darle un cuerpo, una voz, un movimiento. Algo del padre nos es devuelto en ese ejercicio y cada devolución trae consigo un descubrimiento.
Tal vez para eso aceptamos el pacto al que nos convoca el teatro. Entramos a una sala y aceptamos permanecer frente a una pregunta que no exige ser resuelta. Nos sentamos, guardamos silencio y miramos. Del otro lado, Ricardo golpea la pelota y espera sabiendo que volverá. Nosotras estamos ahí para observar el rebote.
*Daniela Flores Recéndiz. Socióloga por la UNAM. Lee, escribe y piensa alrededor de la literatura, la política y la vida cotidiana. En La vida mínima escribe sobre esas pequeñas cosas que, vistas de cerca, contienen algo del mundo.




