Bajo el volcán: Demasiado al norte
¿Alguna vez te has preguntado por qué ciertas personas nos gustan casi de inmediato? A veces basta una conversación breve, una coincidencia curiosa o incluso un gesto para sentir una afinidad difícil de explicar, o como solemos decir, “un flechazo”. Solemos atribuirlo al gusto personal, a la química o al destino. Pero existe una posibilidad más inquietante: quizá no nos atrae tanto lo que vemos, sino aquello de nosotros mismos que reconocemos en el otro.
Para explorar esta idea hay que retroceder mucho antes de la historia humana. Según algunas teorías sobre el origen de la vida, al inicio de los tiempos la Tierra era poco más que una mezcla caótica de elementos, lo que los científicos han llamado “la sopa primigenia”. Bajo ciertas condiciones (agua, calor, electricidad) comenzaron a formarse estructuras capaces de replicarse. No tenían conciencia; eran como pequeñas chispas químicas cuya única función era copiarse.
Estos primeros replicadores comenzaron a competir por los recursos del ambiente. Algunos sobrevivieron porque aprendieron a cooperar entre sí, formando asociaciones más estables. Como piezas de un rompecabezas que encajan mejor juntas que separadas, ciertas moléculas terminaron formando lo que hoy conocemos como ADN. Con el tiempo, estos replicadores construyeron algo nuevo: vehículos que les permitieran sobrevivir mejor. Así aparecieron las primeras células, luego organismos más desarrollados y, eventualmente, todos los seres vivos que conocemos hoy.
Desde esta perspectiva, nuestro cuerpo podría entenderse como una especie de nave que transporta información genética a través del tiempo. El biólogo Richard Dawkins llamó a esta idea “el gen egoísta”: genes que buscan perpetuarse generación tras generación utilizando nuestros cuerpos como medio de transmisión.
Bajo esta lógica, algunas decisiones aparentemente libres podrían tener raíces biológicas más profundas. Cuando sentimos una atracción inmediata por alguien, quizá no sea solo emoción, ni Cupido haciendo de las suyas; puede que, en cierto nivel, nuestros genes estén reconociendo configuraciones similares a las suyas. Como si, detrás de la escena consciente, nuestros genes estuvieran hablando un mismo lenguaje, un lenguaje que solo ellos entienden. Tal vez el famoso hilo rojo no sea más que la biología abriéndose paso silenciosamente a través de nosotros. Y, si esto fuera así, la pregunta ya no sería únicamente por qué alguien nos atrae, sino cuánto de ese impulso nace realmente de nosotros y cuánto responde a una historia biológica mucho más antigua que nuestras propias decisiones. Así que regreso a la pregunta inicial: ¿me gusta lo que veo… o me gusta porque me veo? Y ustedes, ¿qué opinan?




