Las Batallas
Hace casi un siglo, Virginia Woolf escribió “Un cuarto propio”. En esa obra, Woolf reflexionó sobre que una mujer necesita dinero y una habitación propia para poder escribir. La frase se convirtió en un tipo de mantra feminista: para crear, pensar y escribir necesitamos un espacio propio, el cual implica espacio físico, tiempo, privacidad y cierta autonomía material.
Bajo ese supuesto, ¿qué pasa cuando no tenemos “cuarto propio”? ¿No podemos crear?
La filósofa mexicana Dahlia de la Cerda ha cuestionado esa idea desde la experiencia de mujeres precarizadas. Hay mujeres, muchas mujeres (y hombres también, por supuesto)que no tienen una habitación propia, y mucho menos una casa propia; mujeres que comparten espacios, que viven hacinadas, que trabajan dobles y triples jornadas, y que, además, se encargan de las tareas de cuidado. Para ellas, el problema no es solamente que alguien toque la puerta mientras escriben; es que ni siquiera hay puerta.
Y, sin embargo, escriben.
Escriben en silencio para no despertar a quienes duermen (porque si despiertan les demandarán tiempo y cuidados). Escriben en el transporte público con el teléfono o el cuaderno apoyado entre las piernas. Escriben en los breves descansos del trabajo. Escriben, dice de la Cerda, desde los zulos. Los zulos son una respuesta incómoda al cuarto propio. Dahlia de la Cerca no pretende romantizar la precariedad, ni ve en las “dificultades” una fuente valiosa para la creatividad que deba agradecerse… pero están ahí.
Por eso, “tener tiempo para leer, escribir o crear” puede tener respuestas muy distintas. La respuesta depende de dónde estamos mirando; también depende desde dónde miramos lo que aceptemos como respuesta. Desde el cuarto propio, el tiempo es una dimensión que se puede controlar: reservar una tarde, apagar el teléfono, sentarse frente a un escritorio. Desde los zulos, el tiempo tiene vida propia: más bien hay que cazarlo, arrebatarlo o negociar con él.
Por supuesto que todas las mujeres (y todas las personas), deberían contar con un cuarto propio, así como con tiempo (re)creativo y reparativo para crear en condicones de descanso y seguridad. Pero el deber ser, lo sabemos, es solo un horizonte. El cuarto propio es un privilegio para la mayoría.
Y aún así, escribimos. No en masa, no rápidamente, no siempre con “calidad”, es decir, no siempre dentro de los estándares del cuarto propio. Pero escribimos.