Las Batallas
En México, el maestro dejó de ser “maestro de grupo” hace décadas. Schmelkes (1994) lo dice sin rodeos:
“En los 80–90 el maestro… seguía el libro, aplicaba exámenes, lidiaba con la comunidad y poco más.”
Hoy, en cambio, el docente es operador de reformas, gestor de indicadores, psicólogo improvisado, trabajador social, burócrata educativo y, cuando queda tiempo, profesor.
Cada sexenio le cambia el plan, el enfoque, los libros, el vocabulario pedagógico. Pero el aula sigue igual: grupos de 40, escuelas sin agua, sin internet, sin mobiliario, sin apoyo especializado.
El maestro mexicano vive en una contradicción permanente: se le exige innovación con herramientas de hace 40 años.
Durante el llamado periodo neoliberal, coinciden Schmelkes (2005) y Díaz Barriga (2013-2016), el profesor dejó de ser educador y se convirtió en gestor de indicadores. Particularmente con las pruebas Enlace, Planea, Pisa, mismas que transformaron la enseñanza en una carrera por el puntaje. El maestro ya no responde solo por su grupo: responde por el lugar del país en rankings internacionales.
Eso generó tres distorsiones:
El resultado: simulación institucionalizada. Formatos llenos, evidencias inventadas, proyectos que existen solo en papel.
La reforma de 2013 y su heredera, USICAMM, no solo cambiaron reglas: cambiaron la sensación de estabilidad. Así, el profesor se percibe a sí mismo como sujeto de evaluaciones que no dialogan con su contexto y que lo obligan a cumplir con una montaña de papeles para demostrar que trabaja.
Mientras tanto, la realidad escolar es esta:
El maestro sostiene un sistema que no lo sostiene a él.
Para este momento, los profesores enfrentan una realidad que es agudizada por la pandemia. Los estudiantes llegan sí o sí con enormes rezados acumulados desde preescolar. A ello se suma:
El maestro ya no puede “seguir el programa”: tiene que nivelar, remediar, contener, volver a empezar.
Y muchas veces él mismo no recibió formación sólida ni actualización suficiente. El sistema le exige ser experto en todo… y lo deja solo.
La Nueva Escuela Mexicana prometió transformar la educación. Pero en la práctica solo aumentó la carga del docente.
La NEM quiere que el maestro sea:
Es decir: un actor social total. Pero el maestro sigue enfrentando:
La NEM exige pedagogía avanzada en condiciones precarias. Y el problema es que reduce contenidos pero México sigue siendo evaluado por pruebas estandarizadas. Así, el profesor queda atrapado entre dos mundos:
Doble responsabilidad. Cero apoyo.
Pero además, la NEM intensificó algo que ya ocurría: el aula es un espacio de negociación diaria. El profesor negocia qué se puede enseñar, cómo, con qué ritmo y con qué sentido.
Negocia con:
Para sobrevivir, muchos entran en la lógica de la simulación. No por flojera: por supervivencia profesional.
El profesor pasó así, en las últimas cuatro décadas de ser profesor de grupo a ser operador de reformas educativas, gestor de indicadores, contención social, burócrata sobreviviente, etc. Y aun así, sigue siendo el rostro más cercano del Estado para millones de niñas, niños y jóvenes.
La NEM quiere que el maestro sea el motor de la transformación. Pero sin infraestructura, sin formación sólida, sin tiempo y sin apoyo real, el riesgo es brutal: que el maestro termine siendo el responsable de todo, el culpable de lo que no funcione y el héroe silencioso que sostiene un sistema que lo maltrata.
Y a pesar de todo, feliz día para maestras y maestros de México.