Las Batallas
¿Se han dado cuenta de que muchas de las cosas que más felices nos hacen… realmente no sirven para nada?
Escuchar una canción mirando por la ventana del coche mientras la ciudad pasa lentamente. Caminar sin rumbo hasta terminar riéndonos de algo tan tonto que, por unos minutos, todo deja de sentirse tan serio. Hay algo raro en esos momentos: no producen dinero, no nos vuelven más eficientes, no nos acercan necesariamente a ninguna meta. Y, aun así, son los que terminan dándole color a la vida.
Como si lo más humano de nosotros empezara justo donde termina la utilidad.
Vivimos en una época obsesionada con aprovechar el tiempo. Todo tiene que servir para algo: aprender, crecer, avanzar, producir. Incluso descansar parece necesitar excusa. Descansamos “para rendir mejor”. Leemos “para desarrollar habilidades”. Salimos “para despejarnos y volver a trabajar”. Como si simplemente existir no bastara y hubiera que convertir cada momento en una especie de inversión.
Y, sin embargo, cuando pensamos en los recuerdos que realmente nos marcaron, rara vez aparecen las cosas “útiles”.
No solemos acordarnos de los correos contestados a tiempo ni de las tardes perfectamente productivas. Recordamos conversaciones larguísimas, canciones escuchadas en el momento exacto, viajes improvisados, carcajadas que llegaron sin razón aparente. Cosas pequeñas, incluso absurdas, pero extrañamente vivas.
El filósofo Immanuel Kant decía que la belleza es aquello que contemplamos sin necesidad de poseerlo ni utilizarlo. Y quizá por eso ciertas cosas nos conmueven tanto: porque nos permiten existir por un momento sin la presión constante de tener que convertirnos en algo más. Como cuando uno se queda viendo el mar sin esperar nada de él. El mar no resuelve problemas, no responde preguntas, no produce absolutamente nada en ese instante. Y, aun así, algo dentro de nosotros se calma al mirarlo.
Quizá la felicidad no aparece solamente cuando avanzamos, sino también cuando dejamos de medir todo el tiempo hacia dónde vamos. Porque hay momentos que no necesitan justificarse para tener valor. Momentos que no construyen un currículum ni nos acercan a una meta concreta, pero que, de alguna manera, nos recuerdan que seguimos vivos.
Y tal vez ahí está el problema: vivimos tan preocupados por hacer algo con nuestra vida que olvidamos simplemente vivirla.
Al final, una vida llena de utilidad puede funcionar perfectamente… y aún así sentirse vacía. Y quizá sea precisamente en todas esas cosas que “no sirven para nada” donde termina escondiéndose aquello por lo que sí vale la pena vivir.
Y ustedes, ¿qué opinan?