Las Batallas
Cada vez que una ciudad se prepara para recibir un gran evento internacional como la Copa del Mundo, la conversación suele girar alrededor de los estadios, los hoteles o la derrama económica. Es natural. Son los elementos más visibles y los que se suele considerar que dejarán un beneficio tangible.
Pero quienes hemos dedicado nuestra vida profesional a la ingeniería sabemos que las ciudades se sostienen sobre cosas mucho menos espectaculares. Una ciudad verdaderamente preparada para recibir al mundo no se define por la altura de sus edificios ni por la modernidad de sus recintos deportivos. También se mide por la infraestructura que la hace funcionar todos los días: sus sistemas hidráulicos, sus redes de movilidad, la conectividad carretera, sus espacios públicos y la capacidad de sus servicios urbanos para acompañar a la población.
Desde la ingeniería solemos entender la infraestructura como algo más que lo que el ojo alcanza a ver, es el conjunto de sistemas que permite que una ciudad sea habitable, competitiva y sostenible en el tiempo. Detrás de cada ciudad dinámica existe una infraestructura que articula actividades, conecta personas y crea condiciones para el desarrollo. No suele ocupar las portadas, pero es ahí donde se define buena parte de la calidad de vida de una comunidad.
Por eso, cuando escucho hablar del Mundial de fútbol que se lleva a cabo en tres ciudades de nuestro país, inevitablemente pienso en algo más que en el torneo mismo. Pienso en la oportunidad de reflexionar sobre las ciudades que estamos construyendo y las que queremos heredar.
En todo el mundo, los acontecimientos de esta magnitud suelen convertirse en catalizadores de proyectos estratégicos: mejoras en movilidad, recuperación de espacios públicos, modernización de servicios e infraestructura que permanecen mucho después de que concluya la competencia. Ahí radica el verdadero valor de estas inversiones: no en su capacidad para atender una coyuntura, sino en su potencial para fortalecer el desarrollo de las ciudades en el largo plazo.
Como ingeniero, siempre me ha parecido que la mejor infraestructura es aquella que resuelve problemas concretos para las personas. No la que luce mejor en una presentación, sino la que permite que una familia tenga acceso al agua todos los días, que una persona pueda trasladarse con seguridad o que una colonia cuente con espacios adecuados para convivir.
Las ciudades mexicanas enfrentan desafíos importantes. El crecimiento urbano acelerado, la presión sobre los recursos hídricos, la necesidad de ampliar la movilidad sustentable y la recuperación del espacio público son temas que seguirán presentes mucho después de que termine el último partido del Mundial.
México tiene frente a sí una oportunidad valiosa. No solo para mostrarse ante el mundo, sino para seguir fortaleciendo los sistemas, espacios y servicios que acompañan el crecimiento de nuestras comunidades.
Los grandes eventos tienen fecha de inicio y fecha de conclusión; las ciudades, en cambio, son proyectos permanentes. Por eso, el verdadero legado del torneo no dependerá únicamente de lo que ocurra dentro de los estadios, sino de la capacidad de aprovechar este momento para construir infraestructura que siga generando beneficios durante muchos años.
Esa es, al final, la diferencia entre preparar una ciudad para recibir visitantes y prepararla para su futuro.
Así, independientemente del marcador en la cancha, al final México ganará…




