La esperanza por el futuro es la acción en el presente
Es paradójico, pero produzco más y mejor cuando no voy a trabajar. Aunque suene absurdo, es real. Si no voy a trabajar, ¿cómo puedo trabajar más? La contradicción desaparece cuando distinguimos entre estar en el trabajo y hacer el trabajo. No siempre son la misma cosa.
El filósofo Byung-Chul Han ha insistido en que una de las características de nuestra época es que la explotación ya no necesita presentarse únicamente como una imposición externa. Nos convertimos en sujetos de rendimiento: queremos hacer más, responder más rápido, aprovechar mejor el tiempo: nos autoexplotamos La consigna ya no solo es “debes”, sino “puedes”. Y ese “puedes” se convierte gradualmente en “deberías poder con todo”.
Otra condición que influye en este mandato de rendimiento, es que buena parte de nuestro cansancio no proviene de aquello que consideramos nuestro verdadero trabajo, sino de todo lo que lo rodea. Reuniones, mensajes, formatos, solicitudes urgentes, notificaciones, conversaciones imprevistas, trámites, evidencias, correos que producen otros correos y una bandeja de Whatsapp que nunca se vacía. Al final de una jornada podemos haber atendido decenas de asuntos y, sin embargo, tener la sensación de no haber hecho mucho… o nada. Y es que en una sociedad marcada por la aceleración podemos hacer mucho, pero poco que nos parezca tener algún sentido.
Quizá por eso, cuando no vamos al lugar de trabajo, la experiencia se vuelve más enriquecedora. Disponer de dos o tres horas continuas en las que podemos leer un texto completo, escribir una página sin contestar cinco mensajes, preparar una clase pensando realmente en quienes estarán en ella, analizar información, imaginar un proyecto, terminar aquello que durante días hemos llevado de una reunión a otra… nos hace sentido.
No necesariamente trabajamos menos; a veces trabajamos mucho más. La diferencia es que recuperamos algo que el ritmo acelerado y burocrático dejan de lado y que necesitamos para trabajar: tiempo con continuidad. Tener tiempo para pensar, concentrarse o crear es definitivamente un privilegio distribuido desigualmente.
Una institución puede tenernos ocupados(as) todo el día y, al mismo tiempo, impedirnos trabajar. Por eso, decir que “produzco más y mejor cuando no voy a trabajar”, no es una falta de compromiso. Es más bien un diagnóstico de cómo se organiza el trabajo en la actualidad.




