¿Desaparición de Morena?
La SEP anunció que, a partir del 3 de noviembre, los celulares y tabletas estarán prohibidos en todas las primarias y secundarias del país. No solo en clase: también en el recreo y durante toda la jornada escolar. Los estudiantes podrán llevarlos, sí, pero guardados en la mochila y únicamente para emergencias. La medida llega con fuerza, con respaldo político y con el apoyo del 81% de los docentes consultados. Pero llega también con una pregunta que no se puede esquivar: ¿realmente prohibir pantallas resolverá los problemas educativos de México?
La presidenta Claudia Sheinbaum argumenta que niñas, niños y adolescentes pasan hasta siete horas diarias frente al celular. Es un dato alarmante. Y es cierto que las pantallas no son neutrales: moldean búsquedas, amplifican tendencias, empujan a los menores hacia contenidos falsos, violentos o adictivos. La evidencia internacional muestra que el uso indiscriminado de dispositivos afecta la atención, la creatividad, la convivencia y el bienestar emocional. Hasta aquí, la preocupación es legítima.
Pero también es cierto que el acceso a la tecnología garantiza que el estudiantado pueda consultar, en segundos, el conocimiento acumulado de la humanidad. Que pueda investigar, comparar, verificar, aprender más allá del aula. Que pueda desarrollar habilidades digitales que serán indispensables en su vida adulta. Que pueda, incluso, compensar desigualdades que la escuela no siempre logra resolver.
La prohibición total, entonces, se mueve entre dos polos: la urgencia de proteger y la necesidad de enseñar.
La SEP, junto con la CONAEDU y los gobiernos estatales, decidió aplicar la prohibición después de los resultados de PISA 2025, donde México volvió a quedar por debajo del promedio de la OCDE en matemáticas, lectura y ciencias. Pero aquí es donde el argumento se vuelve frágil: no existe evidencia que vincule directamente el uso de celulares con los bajos resultados educativos del país. La relación es más compleja: desigualdad, infraestructura deficiente, formación docente, clima escolar, cobertura, violencia, pobreza. Las pantallas son un factor, sí, pero no el factor.
Prohibir celulares no resolverá la falta de comprensión lectora, la crisis de matemáticas, la violencia escolar. No resolverá la desigualdad ni la precariedad de miles de escuelas.
Puede ayudar a ordenar el aula, pero no a transformar el sistema.
La medida parte de una preocupación legítima: proteger a los menores de contenidos dañinos. Pero también genera una paradoja: limitar el acceso a herramientas que, bien usadas, pueden potenciar el aprendizaje. En un país donde millones de estudiantes no tienen computadora en casa, el celular es, muchas veces, su única ventana al mundo digital. Su única biblioteca. Su único traductor. Su único acceso a tutoriales, videos educativos, ejercicios interactivos, plataformas de aprendizaje.
Prohibir no enseña. Prohibir no alfabetiza digitalmente. Prohibir no construye pensamiento crítico.
Solo limita.
La SEP no fijó sanciones nacionales. Cada escuela decidirá qué hacer si un alumno usa el celular: resguardo temporal, aviso a padres, registro de incidente. No habrá multas ni castigos penales. En bachillerato y universidad, la regulación quedará en manos de cada plantel. La medida, entonces, será tan efectiva como la capacidad de cada escuela para aplicarla y acompañarla con estrategias pedagógicas.
Si el objetivo es mejorar el aprendizaje, reducir la violencia y fortalecer la convivencia, la prohibición de celulares es apenas un gesto. Un símbolo. Una señal política. Pero no una solución estructural.
La pregunta que falta es otra: ¿qué hará el Estado para que la escuela sea un lugar donde los estudiantes no necesiten huir a la pantalla?
Porque prohibir celulares no arregla aulas saturadas. No arregla escuelas sin psicólogos. No arregla la falta de acompañamiento emocional. No arregla la violencia comunitaria que entra a la escuela. No arregla la ausencia de infraestructura digital adecuada. No arregla la desigualdad que marca el destino educativo desde la infancia.
La prohibición de celulares puede ordenar el entorno escolar, reducir distracciones y abrir espacio para la convivencia. Pero también puede limitar el acceso al conocimiento y generar tensiones en escuelas que ya enfrentan múltiples carencias. Es una medida que atiende el síntoma, no la causa.
La tecnología no es el enemigo. El enemigo es la falta de políticas educativas profundas, sostenidas y estructurales.
La pregunta que queda, después de revisar los datos y escuchar los argumentos, es inevitable: ¿es esta prohibición suficiente para transformar la educación mexicana?




