Las Batallas
Cada temporada de lluvias ocurre casi lo mismo en Cuernavaca. Basta un aguacero fuerte para que algunas vialidades se vuelvan intransitables, el agua entre a las casas, caigan árboles y aparezcan daños que durante unas horas ocupan toda nuestra atención pero que, sobre todo, afectan a cientos de familias.
En estas semanas hemos vuelto a ver afectaciones en distintos puntos de la ciudad y la zona metropolitana: vialidades detenidas durante horas, familias obligadas a sacar agua y lodo de sus casas. Frente a esas imágenes, es natural que la conversación se concentre en la intensidad de las lluvias, pero hay algo que no deberíamos perder de vista: una tormenta puede ser el detonante, pero los daños que deja a su paso tienen mucho que ver con lo que el gobierno municipal hizo -o dejó de hacer- antes de que cayera la primera gota.
El agua siempre buscará un cauce por dónde salir, y un gran problema empieza cuando se le va cerrando el paso.
Cuernavaca viene creciendo desde hace tiempo a pasos acelerados, hay más construcciones, más pavimento impermeable y más superficies que ya no permiten que el agua se infiltre como antes. A eso hay que sumar barrancas obstruidas, drenajes que requieren mantenimiento y una infraestructura que en muchos puntos ha quedado rebasada por el crecimiento de la ciudad.
Por eso no basta con prepararnos cuando el pronóstico anuncia tormenta: la temporada de lluvias se atiende durante todo el año. Se atiende limpiando y conservando barrancas, dando mantenimiento a la infraestructura pluvial, vigilando el uso de suelo y evitando construcciones en lugares donde alteran el cauce natural del agua. Se atiende, sobre todo, entendiendo cómo funciona la ciudad antes de seguir modificándola.
Y esto no es solo un tema de agua; una vialidad inundada es también un problema de movilidad: horas perdidas, rutas cerradas, ambulancias y patrullas que no pueden llegar a tiempo. Una barranca descuidada es también un tema de seguridad, cuando se convierte en punto de riesgo o de abandono. Pensar la ciudad por ejes separados -agua, movilidad, seguridad- es, sin duda la razón por la que ninguno de los tres se resuelve del todo. Cuernavaca necesita mirarse como lo que es: un solo sistema, donde cada decisión sobre el territorio afecta a los demás.
Cuando eso no ocurre, el costo termina llegando a las mismas personas: a la familia que vuelve a sacar el agua de su casa, al comerciante que pierde mercancía, a quien queda atrapado durante horas en una vialidad inundada, a quienes cada temporada saben exactamente qué esquina evitar porque llevan años viendo cómo se convierte en un río.
Y ahí hay algo que debería preocuparnos a todas y todos, cuando todos sabemos dónde se va a inundar antes de que llueva, ya no estamos frente a un problema inesperado. Cuernavaca tiene una topografía compleja, atravesada por barrancas y cauces que forman parte de su sistema natural de desagüe. Una ciudad así exige conocerla desde el territorio, pero también desde lo que no vemos: el drenaje, los escurrimientos, el subsuelo y la forma en que se comporta el agua.
No es casualidad que la visión de desarrollo que hoy se plantea a nivel nacional y estatal coloque al agua como un derecho humano y como una prioridad de planeación, no como un tema de temporada. Llevarla al nivel municipal -a la calle, a la colonia, a la barranca de al lado- es, en buena medida, la tarea pendiente.
La lluvia seguirá llegando. Lo que sí depende de nosotros es cómo se prepara la ciudad para recibirla.
* Javier Bolaños es egresado del Instituto Politécnico Nacional, con larga trayectoria en la función pública y experto en gestión hídrica.