Las Batallas
Los cerros, las barrancas y los desniveles que distinguen y hacen única a Cuernavaca, también determinan cuánto tiempo tardamos en movernos por ella. Quienes transitan diariamente la ciudad, saben de qué estoy hablando.
En Ocotepec, Ahuatepec, Chipitlán y muchas comunidades que crecieron sobre las laderas, un trayecto relativamente corto puede convertirse fácilmente en una hora o más. En ocasiones es necesario bajar por calles estrechas hasta encontrar una avenida principal y que después terminan, como todos, en los mismos cuellos de botella: Plan de Ayala, Diana, los accesos a la autopista, etc.
Quizá por mi formación como ingeniero me cuesta mirar estos problemas sólo desde lo evidente. Podemos hablar del tráfico, del número de unidades o de las horas pico, pero hay una realidad que ninguna administración puede cambiar: Cuernavaca crece entre cerros, barrancas y desniveles. Esa característica es lo que hace única a nuestra ciudad y también determina la manera en que nos movemos.
Durante décadas se ha intentado resolver prácticamente toda la movilidad sobre el mismo espacio: nuestras calles. Por ahí circulan automóviles, transporte público, motocicletas, bicicletas y peatones. Podemos mejorar las vialidades, ordenar cruces y buscar nuevas rutas, pero hay lugares donde sencillamente ya no existe mucho más espacio para crecer.
Por eso vale la pena empezar a mirar también hacia arriba.
En ciudades con geografías complejas, los sistemas de transporte por cable han permitido conectar zonas altas con puntos donde se concentran escuelas, centros de trabajo, servicios y otras alternativas de transporte. No sustituyen al resto de la red ni son una solución mágica, son una posibilidad más para ciudades que entendieron que no todos sus problemas de movilidad pueden resolverse sobre el asfalto.
En Morelos ya se ha planteado la posibilidad de estudiar alternativas de este tipo para la zona metropolitana de Cuernavaca como la electromovilidad. Vale la pena explorarla y hacerlo bien, conocer primero las necesidades de movilidad, revisar las condiciones de la ciudad y dejar que los estudios técnicos nos digan si es una alternativa viable. Porque al final, detrás de los mapas, las rutas y los proyectos de infraestructura, hay una variable que debería importar por encima de todas: el tiempo de las personas.
Una hora atrapado en el tráfico es una hora menos en casa; dos o tres transbordos significan levantarse más temprano, gastar más y regresar más tarde. Una mala conexión puede ser la diferencia entre llegar a tiempo a la escuela o al trabajo y perder todos los días una parte importante de nuestra vida simplemente tratando de movernos por la ciudad.
Y esos costos no se reparten por igual.
Quien más resiente una ciudad mal conectada no suele ser quien puede subirse a un automóvil y buscar otra ruta, es el estudiante que depende todos los días de una combi, la trabajadora que hace dos o tres transbordos, el adulto mayor para quien subir una pendiente representa un esfuerzo enorme. Las miles de personas que viven relativamente cerca del centro de Cuernavaca, pero tardan demasiado en llegar hasta él. Por eso hablar de movilidad es otra forma de hablar de retos para combatir la desigualdad.
Dos personas pueden vivir a la misma distancia de su trabajo y, sin embargo, necesitar tiempos completamente distintos para llegar. La diferencia está en dónde viven, que transporte tienen disponible y cuánto pueden pagar para moverse. Ahí también tiene que sentirse, debe llegar el gran proyecto social de la transformación.
La Cuarta Transformación ha puesto sobre la mesa una idea que me parece fundamental: los derechos deben poder experimentarse en la vida cotidiana. Y una ciudad que permite a sus habitantes moverse mejor también acerca otros derechos: acerca la escuela, el trabajo, los servicios públicos, la salud.
Por eso creo que Cuernavaca tiene que abrir esta conversación. Pensar en nuevas formas de conectar una ciudad atravesada por cerros y barrancas, estudiar alternativas como el transporte por cable y discutirlas con seriedad técnica, pero también desde la experiencia de quienes pasan horas trasladándose todos los días.
Transformar Cuernavaca implica atrevernos a imaginar una ciudad mejor conectada, donde el lugar en el que vivimos no determine cuánto tiempo de nuestra vida tenemos que gastar para llegar a los demás. Porque una ciudad que se mueve mejor, le devuelve lo más valioso a su gente: el tiempo.
Y esto es precisamente parte fundamental de la defensa de la transformación en Cuernavaca
* Javier Bolaños es egresado del Instituto Politécnico Nacional, con larga trayectoria en la función pública y experto en gestión hídrica.