Las Batallas
A veces siento que cuando estoy dando clase, en realidad estoy dando monólogos. Hablo, gesticulo, pregunto y del otro lado hay filas de miradas fijas en pantallas (a veces, hasta audífonos). Cuando digo el nombre de algún alumno, sucede una de dos cosas: o no se da cuenta de que le hablé, o se espanta porque no sabe por qué le hablé.
Hoy quisiera hablarles a los docentes e interesados en la educación formal que leen este espacio, en especial sobre la educación universitaria, que es la que mejor conozco, no para hablar de estrategias educativas, sino para exponer una preocupación más de fondo.
Los jóvenes que hoy cursan la universidad nacieron en una época donde las pantallas formaron parte de sus vidas desde muy pequeños. Podríamos quedarnos en esa crítica, pero yo lo veo más como parte de su realidad. Retomando a Donna Haraway, la tecnología es parte de cómo se constituyen los alumnos universitarios como sujetos. Su identidad, sus afectos, su atención y su sociabilidad ya están co-constituidos por las plataformas.
Del otro lado está el aula y las posibilidades que ofrece. Siguiendo a Ernst Kapp, podríamos entenderla como un espacio de proyecciones orgánicas: el pizarrón como extensión de la mano que traza, el libro como extensión de la memoria, el cuaderno como extensión del pensamiento que se fija. Sin embargo, al depender tanto de las diapositivas proyectadas, esas extensiones ya no apuntan hacia afuera del alumno (i.e. hacia ese mundo compartido con otros), sino hacia adentro, es decir, hacia una pantalla personal e intransferible (i.e. la pantalla que miran cada uno de mis alumnos fijamente). Las computadoras, tablets y celulares no proyectan un órgano hacia el grupo, más bien están sustrayendo a los individuos del grupo.
Visto así, el problema no es que el alumno no quiera poner atención. Él está respondiendo exactamente a lo que los dispositivos fueron diseñados para hacer con su atención: sustraerlo. El docente, en cambio, representa una tecnología offline, una que depende de sus posibilidades humanas: la voz, el gesto, la presencia corporal.
Pedirles a los alumnos que se desconecten es una solución radical que no resuelve el problema de fondo. Por eso quisiera invitar a las y los lectores a pensar en otra pregunta: ¿qué tipo de cyborg queremos que salga del aula? Yo creo que debe ser uno que entienda el mundo digital en el que vive, que sea crítico ante él y que conozca tanto sus posibilidades como sus límites.
Los docentes de hoy no debemos competir contra las pantallas. Nuestra tarea es ofrecer lo que la pantalla, por diseño, no puede dar: una presencia situada — un cuerpo que piensa en tiempo real, que se equivoca, que responde a lo imprevisto. Un vínculo — la atención como acto de cuidado, no de extracción. Y una temporalidad distinta — la parsimonia de una voz y un gesto que no hacen scroll. Eso, todavía, no hay algoritmo que lo replique.