Las Batallas
En los grandes eventos deportivos de futbol, durante noventa minutos, millones de personas suspenden sus diferencias para compartir una emoción común. El Mundial de futbol es, quizá, uno de los rituales más poderosos de la actualidad. El propio Eduardo Galeano decía que el futbol era la única religión que no tenía ateos. Y es que, en un planeta fragmentado por guerras, desigualdades y polarización, ese paréntesis colectivo tiene un valor real e importante. En medio de las crisis que no se acaban, necesitamos espacios para respirar, para celebrar y para recordar que aún somos capaces de emocionarnos por algo que va más allá de las fronteras.
Por eso tiene sentido que el futbol quiera hablarnos de unidad. Lo que resulta problemático,a mi parecer, es cuando esa aspiración se convierte en una puesta en escena, en una simulación que pretende sustituir a la realidad.
En medio del performance de la ceremonia de clausura del Mundial 2026, decenas de personas formaron sobre la cancha una enorme palabra: LOVE. El mensaje era claro: el amor como lenguaje universal, el deporte como puente entre las naciones, la fraternidad, el horizonte compartido. La FIFA ha insistido desde hace años en esa narrativa de que el futbol puede unir al mundo.
El mensaje es lindo. El problema no es el mensaje. El problema es la amnesia a la que se aspira con ese mensaje.
Mientras esa palabra ocupaba buena parte de la superficie de la cancha, el mundo seguía presenciando conflictos armados que dejan miles de víctimas todos los días. Estados Unidos –uno de los anfitriones del torneo y actor central en la geopolítica contemporánea– continúa ordenando que se disparen armas, y sigue siendo uno de los principales financiadores de las guerras y conflictos mediante apoyo militar, alianzas estratégicas e intervenciones que difícilmente pueden reconciliarse con esa imagen de un planeta unido por el amor.
No se trata de exigir que una final del Mundial se convierta en un foro de política internacional; pero no podemos negar que sí lo es. Tampoco se trata de arruinar la fiesta; las sociedades necesitan momentos de alegría. Celebrar también es una forma de resistir.
Pero hay una diferencia entre celebrar y fingir.
En México existe una expresión para ese tipo de simulaciones: "mentir por convivir". Decimos algo que sabemos que no es cierto para evitar la incomodidad del momento y estar a la altura del ánimo colectivo. Pero tampoco hace falta exagerar. El "LOVE" proyectado sobre la cancha es, por mucho, una mentira que intenta ser amable, una escenografía emocional que quiere hacernos olvidar, aunque sea por unos minutos, las contradicciones del mundo que existen fuera del estadio… y esos minutos son peligrosos.
La fiesta mundialista cumple una función valiosa: nos recuerda que la humanidad también sabe encontrarse. Eso se valora. Pero precisamente porque el futbol moviliza emociones y simboliza valores compartidos, merece algo más que una coreografía que para nada refleja la realidad.
El amor no pierde fuerza en un mundo que está roto, al contrario. Pero en ese mundo roto el amor no puede ser rebajado a recurso escénico. En un mundo roto, el amor es un compromiso político y ético.
La paz no se escribe sobre el césped.




