Las Batallas
En días pasados, circuló en redes sociales un video donde se observa a un hombre que, muy molesto por la atención que recibió su esposa en una clínica del IMSS en San Luis Potosí, manotea, grita y amenaza a una trabajadora de dicha institución. Si bien, existe una percepción extendida sobre que el personal de estas instituciones ofrecen un trato hostil a la población y, luego entonces, es común experimentar enojo o frustración cuando se asiste a consulta, vale la pena no pasar por alto el hecho de que el enojo se tradujo en amenaza y que ésta cobró un matiz expresivo que antes habría sido excepcional: “la próxima vez que venga mi esposa y la trates mal, te meto en una pinche bolsa de basura y te mato”.
En redes sociales, hubo muchos comentarios de usuarios(as) que empatizaron con la reacción de este hombre e incluso la justificaron. Pero hay algo muy profundo en esa frase. Algo que va más allá del enojo individual. Porque “te embolso” no es cualquier amenaza. Es una imagen tomada directamente del imaginario del narco. No se trata de una expresión que pertenezca al repertorio tradicional de una discusión cotidiana… o al menos, no pertenecía.
Una amenaza de muerte es por sí misma potente. Pero llama la atención como la representación de la muerte como venganza o castigo hoy se ha llenado de la estética de la violencia narco. La filósofa mexicana Sayak Valencia ha explicado cómo el capitalismo contemporáneo en contextos atravesados por la violencia produce subjetividades marcadas por la lógica del exterminio, la crueldad y la espectacularización de la muerte. Estas subjetividades se van colando en la cultura popular, en el lenguaje cotidiano y en las relaciones sociales. La violencia extrema y sus expresiones narrativas se convierten en una forma de comunicación.
Cada vez es menos un caso excepcional. Crecen expresiones cotidianas relacionadas a “desaparecer”, “colgar”, “levantar”, “embolsar”. Ya de suyo, es alarmante la amenaza de muerte (catalogable incluso como amenaza de feminicidio), y lo es más la naturalidad con la que el agresor recurre a una estética del horror asociada al crimen organizado. “Meter en una bolsa” remite a cuerpos desmembrados, abandonados, convertidos en mensaje. Es una frase que aprendimos a escuchar desde que comenzó la guerra contra el narco hace ya 20 años. Es una que se ha normalizado al grado de enunciarse en una sala de espera, frente a pacientes, médicos(as) y familias.
La narcocultura suele discutirse únicamente a partir de corridos, series de televisión o redes sociales llenas de lujos y poder. Pero quizá su dimensión más peligrosa sea otra: la manera en que reorganiza el lenguaje emocional de la vida cotidiana. El narco no solo produce economías ilegales; también produce imaginarios. Enseña modos de hablar, de amenazar, de imponer autoridad. Normaliza la idea de que la violencia extrema es una herramienta legítima para resolver frustraciones. El problema no termina cuando el agresor abandona la clínica. El verdadero problema es que millones de personas reconocemos inmediatamente el sentido de esa amenaza porque forma parte del paisaje de inseguridad de este país. El terror es ahora nuestro idioma compartido.
A todo ello, se suma que las intimidaciones no son neutrales. ¿Habría proferido el mismo tipo de amenaza a un hombre de su edad y condición física? Estas expresiones tienen una carga misógina: humillar, intimidar y recordarle a la otra que su cuerpo podía convertirse en basura. En México, donde todos los días se registran feminicidios y desapariciones, frases así no son simples “arrebatos verbales”. Son expresiones de una pedagogía del terror y de cómo la violencia que se ha filtrado en lo social.
En nuestro contexto, la violencia ya no depende de los grupos criminales para reproducirse. La tenemos ahí, en nuestras conversaciones, en los insultos, en los altercados de tránsito. La violencia está en el lenguaje y nos resulta cada vez menos extraña.