Las Batallas
Hay una escena tan frecuente que todas(os) conocemos. Un grupo de hombres conversa entre risas. Uno hace una “broma” sobre una compañera de trabajo, otro cuenta con total tranquilidad que frecuenta trabajadoras sexuales pese a tener esposa. Todos ríen, cambian de tema o, en el mejor de los casos, permanecen incómodamente en silencio. Después, varios de esos mismos hombres publicarán en redes sociales mensajes por el 8 de marzo o recitarán a su favor discursos que a las mujeres les costó sanción social elaborar y enunciar (a algunas de ellas, les costó sangre y/o la propia vida).
La contradicción es clara. Pero si eres mujer y la señalas, puedes esperar una reacción de hastío, un suspiro que entre líneas dice “otra vez, ahí vas con la misma cantaleta”.
Uno de los rasgos más frustrantes de cierta masculinidad es su incapacidad –o falta de voluntad– para confrontar a otros hombres. Ni siquiera hace falta una discusión fuerte o una ruptura: bastaría un “eso no da risa”, un “¿y tu esposa sabe? ¿ella también puede hacerlo?”, un “¿te parece correcto?”. Pero incluso esas intervenciones mínimas parecen exigir un coraje que muchos hombres no están dispuestos a ejercer más allá de sus publicaciones en redes sociales.
La teórica feminista Bell Hooks escribió que el patriarcado no es un conjunto de individuos malvados, sino un sistema que socializa a los hombres para buscar poder y complicidad entre ellos. La lealtad masculina opera como una especie de pacto tácito: antes que cuestionar al amigo, se preserva la camaradería. Antes que incomodar al compañero, se protege la pertenencia al grupo. Y claro, también ese silencio también implica sumisión entre hombres.
Por eso resulta tan pantanosa la idea de la deconstrucción masculina. Como ha señalado la teórica Sara Ahmed, las declaraciones de compromiso con la igualdad pueden convertirse en una forma de capital moral, una identidad que proporciona estatus, sin que ello implique necesariamente prácticas concretas. En “esas manos”, los feminismos corren el riesgo de transformarse en una etiqueta y no en una disposición a asumir costos; costos que sí asumimos nosotras.
Confrontar a otros hombres tiene costos, tanto si eres mujer como si eres hombre. Genera tensiones porque su sentido de superioridad no acepta la (auto)crítica; produce silencios incómodos o incluso la pérdida de ciertas complicidades. Precisamente por eso es una prueba política. ¿O es que acaso a las feministas no les pasa factura social cada idea que enuncian?
No se necesita valentía para repetir consignas feministas en espacios donde todos están de acuerdo. Lo realmente útil es romper el pacto masculino en los espacios donde el machismo circula con naturalidad. Para repetir consignas me tengo a mi, a Alexa y a mis amigas.
Las llamadas “bromas” misóginas son un buen ejemplo. El humor nunca es inocente, y quien piense que sí, no es inocente por creerlo, es ingenuo en el mejor de los casos. La ridiculización y la cosificación forman parte de una pedagogía cotidiana que reproduce jerarquías de género. Cuando nadie cuestiona esas bromas, se envía un mensaje claro: aquí esto es aceptable; aquí esto no está mal; aquí yo también lo puedo hacer.
El silencio no es neutral. El silencio organiza la normalidad.
Algo semejante ocurre cuando un hombre cuenta, casi con orgullo, que consume servicios sexuales mientras mantiene una relación de pareja. Más allá de las diferentes posiciones feministas sobre el trabajo sexual –que van desde las perspectivas abolicionistas hasta aquellas que reivindican derechos laborales y autonomía– existe una cuestión previa: la naturalidad con que muchos hombres hablan del acceso sexual pagado como si fuera una extensión legítima del ser hombre. Cero cuestionamiento sobre cómo viven su sexualidad, cero preguntas sobre sus afectos, cero auto-análisis.
¿Será que en Suiza o Dinamarca es diferente? Lo dudo, pero hablo por mi territorio. Tanto el macho soft como el feminicida suelen reaccionar con una mezcla de incomodidad y cobardía. Muchos de ellos saben que existe una dimensión de explotación y desigualdad que atraviesa el trabajo sexual; saben que la infidelidad no es un asunto anecdótico; saben que detrás de la confesión hay una expectativa de complicidad masculina. Y, sin embargo, callan.
Raewyn Connell, ha mostrado que la masculinidad hegemónica no se sostiene únicamente por medio de hombres abiertamente violentos, sino también gracias a las masculinidades cómplices. Es decir, hombres que no necesariamente ejercen ciertas prácticas, pero que obtienen beneficios del orden patriarcal y contribuyen a su reproducción mediante la pasividad. No hacer nada, también es hacer. El silencio dice muchas cosas. El silencio es ruidoso.
Quizá el principal problema no sea que haya muchos hombres machistas. Quizá el mayor problema es que hay demasiados hombres que se perciben a sí mismos como “buenos” o “mejores” y creen que con eso ya han pagado su cuota de igualdad y no violencia. Como si no participar fuera suficiente. Como si no hacer comentarios misóginos equivaliera automáticamente a combatir la misoginia.
Pero los feminismos no significan pureza individual. Implican, sobretodo, una política de las relaciones y un compromiso de interrumpir las dinámicas que reproducen la subordinación de las mujeres. Un compromiso hacia dentro y hacia fuera.
Llama la atención que muchos hombres teman parecer “intensos”, “moralistas”, “aguafiestas” o crean que se meterán en graves problemas. El temor a perder la aprobación masculina sigue pesando más que la convicción política. Es decir, la necesidad de seguir siendo aceptados por otros hombres continúa siendo más fuerte que cualquier compromiso proclamado en espacios seguros.
Tal vez habría que dejar de medir el “cambio” masculino por lo que los hombres dicen en público y empezar a evaluarlo por lo que hacen cuando sólo hay hombres alrededor. Quizá el verdadero examen del feminismo masculino ocurre en la mesa del bar, en el chat de amigos, en el viaje de trabajo y en las conversaciones privadas donde el patriarcado espera encontrar silencio y complicidad.
En estos tiempos de exceso de información, muchos hombres no carecen de teoría, ni de lecturas, ni de sensibilidad política. Lo que les falta es algo simple: agallas para no callar cuando realmente se necesita que hablen.