Las Batallas
Hay algo que la ingeniería enseña desde muy temprano: ninguna estructura soporta un segundo piso si el primero no fue construido para sostenerlo. No importa que tan atractivo sea el proyecto o que tan ambicioso parezca el diseño, si los cimientos son débiles, si las columnas no resisten o si alguien decide improvisar sobre la marcha, el problema muy probablemente no se presentará el día de la inauguración, aparecerá después, cuando el edificio tenga que cargar con el peso de la vida cotidiana.
He pensado mucho en esa idea desde que la presidenta Claudia Sheinbaum planteó el segundo piso de la Transformación.Hay quien entiende esa expresión sólo como una consigna política, creo que es más bien una responsabilidad.
Durante los últimos años, México cambió la forma de entender el ejercicio del poder: se puso fin a muchos privilegios, se fortalecieron los programas sociales, se ordenaron las finanzas públicas y se recuperó una idea que nunca debió perderse: el gobierno existe para servir a la gente, no para servirse de ella. Ese es el cimiento.
Pero ninguna transformación termina en el Gobierno de México. De poco sirve que exista una visión nacional distinta si, al llegar a los municipios, las personas siguen encontrándose con gobiernos lejanos, servicios públicos deteriorados y administraciones que responden a inercias del pasado. La mayoría de las personas no piensa todos los días las decisiones que se toman en Palacio Nacional, piensa en las que se toman en su colonia, en su entorno.
La transformación se vuelve tangible cuando una familia abre la llave y hay agua. Cuando una calle deja de ser un riesgo por los baches. Cuando un parque vuelve a ser un lugar de encuentro. Cuando el alumbrado funciona. Cuando un trámite deja de convertirse en una carrera de obstáculos. Cuando se abren espacios de oportunidad y desarrollo en su comunidad.
Es ahí donde un proyecto político demuestra si realmente cambió la forma de gobernar.Por eso creo que Cuernavaca necesita que el segundo piso también se construya aquí. No para copiar programas federales solamente, mucho menos para convertir al municipio en una oficina de la Federación. Lo que hace falta es algo más profundo: que los principios que hoy orientan la vida pública del país también se reflejen en la manera de gobernar la ciudad.
Que la honestidad deje de ser una excepción y vuelva a ser la regla, que la cercanía con la gente no aparezca únicamente en tiempos políticos, sino que forme parte del trabajo cotidiano de quienes toman decisiones, que los recursos públicos se administren con responsabilidad. Y que la capacidad y la honestidad vuelvan a ocupar el lugar que nunca debieron perder en el servicio público.
Porque las ciudades no se transforman únicamente con buenas intenciones. Se transforman cuando existe planeación, cuando se conoce el territorio y cuando las decisiones se toman pensando en resolver problemas, no en administrar coyunturas.
Como ingeniero aprendí que las mejores obras no son solo las que todo mundo ve, las que casi no llaman la atención o no se ven son fundamentales, son las que funcionan durante años porque alguien hizo bien los cálculos desde el principio. Con los gobiernos sucede algo parecido.
Cuando un gobierno trabaja con honestidad, planea con seriedad y permanece cerca de la gente, muchas veces lo extraordinario consiste precisamente en que las cosas empiezan a funcionar como deberían.
Ese, me parece, es el verdadero reto del segundo piso de la Transformación en Cuernavaca. No construir algo distinto, sino lograr que los principios que hoy orientan el proyecto nacional también se conviertan en la forma cotidiana de gobernar la ciudad.
* Javier Bolaños es egresado del Instituto Politécnico Nacional, con larga trayectoria en la función pública y experto en gestión hídrica.