Las Batallas
Cada vez que la Selección Mexicana salta a la cancha, ocurre algo extraordinario. Millones de personas dejamos de lado, por un momento, nuestras diferencias para compartir una misma emoción. Celebramos un gol con quien apenas conocemos, llenamos las calles de esperanza y convertimos los colores nacionales en un símbolo de unidad. El reciente triunfo de nuestra selección y su pase a la siguiente fase del Mundial nos recordó que, cuando existe un objetivo común, somos capaces de vibrar como un solo país.
Esa pasión que nos une también debería impulsarnos a conquistar una victoria mucho más trascendente: la de construir una sociedad donde los derechos humanos sean una realidad para todas las personas.
Así como alentamos a nuestros jugadores durante los noventa minutos, también debemos acompañar, defender y exigir que quienes enfrentan situaciones de vulnerabilidad encuentren en las instituciones del Estado una respuesta oportuna, sensible y efectiva. El verdadero triunfo no consiste únicamente en celebrar una victoria deportiva, sino en garantizar que ninguna persona vea limitado el ejercicio de sus derechos por razones de género, discapacidad, edad, origen, orientación sexual, condición económica o cualquier otra circunstancia.
La libertad con la que hoy ocupamos los espacios públicos para celebrar también debe reflejarse en la libertad de expresar nuestras ideas, participar en la vida pública, exigir justicia y demandar que las autoridades cumplan con sus obligaciones constitucionales e internacionales en materia de derechos humanos.
La exigibilidad de los derechos no debe entenderse como un acto de confrontación, sino como un ejercicio democrático que fortalece a las instituciones. Una sociedad que conoce sus derechos también conoce sus responsabilidades y comprende que exigir el cumplimiento de la ley es contribuir a una democracia más sólida, incluyente y respetuosa de la dignidad humana.
En este partido, el Estado no puede ser un simple espectador ni limitarse a intervenir cuando el daño ya está hecho. Su papel es garantizar que todas las personas puedan ejercer sus derechos en condiciones de igualdad, con instituciones que prevengan las violaciones a los derechos humanos antes de que ocurran, acompañen a quienes enfrentan situaciones de vulnerabilidad y aseguren el acceso efectivo a la justicia cuando ésta sea necesaria. Esa es la estrategia que fortalece la confianza ciudadana: un Estado cercano, sensible y comprometido con la dignidad humana, que coloque la prevención, el acompañamiento y la justicia como ejes de toda acción pública.
Por ello, la respuesta institucional debe traducirse en políticas públicas integrales, programas que atiendan las causas de la desigualdad y una formación permanente de las personas servidoras públicas en materia de derechos humanos. Solo así los compromisos asumidos por México en la Constitución, las leyes y los tratados internacionales dejarán de ser principios escritos para convertirse en una realidad cotidiana para todas y todos.
Los compromisos que nuestro país ha asumido en materia de derechos humanos no pueden permanecer únicamente en los documentos oficiales o en los discursos. Deben reflejarse en acciones concretas que impacten la vida de las personas, especialmente de quienes históricamente han enfrentado mayores barreras para ejercer plenamente sus derechos.
Como sociedad también tenemos una responsabilidad. Conocer nuestros derechos, ejercerlos, defender los de los demás y actuar con empatía frente a quienes viven situaciones de vulnerabilidad fortalece el tejido social y consolida una cultura de respeto, inclusión y dignidad. Cada acción de solidaridad, cada voz que se alza para defender la dignidad humana y cada esfuerzo por construir comunidades más justas representa un paso más hacia la sociedad que todas y todos anhelamos.
Hoy celebramos un triunfo deportivo que nos llena de orgullo. Ojalá esa misma energía nos inspire a jugar el partido más importante: el de una sociedad que no sea indiferente frente a las desigualdades; el de instituciones que respondan con responsabilidad, cercanía y sensibilidad; el de una ciudadanía que participe, proponga y exija.
Lo que verdaderamente transformará a México no se levantará en un estadio. Se conquistará cuando los derechos humanos dejen de ser una aspiración para convertirse, sin excepción, en una realidad para todas y todos.
Ese es el partido que debemos ganar. Porque la verdadera victoria de una sociedad se alcanza cuando todas las personas pueden vivir con dignidad, libertad e igualdad.
En Morelos, todos los derechos para todas las personas.