Las Batallas
En los últimos años se ha vuelto común escuchar una etiqueta que pretende explicar –aunque, las más de las veces, descalificar– a las juventudes: “generación de cristal”. El término suele usarse para insinuar fragilidad, hipersensibilidad o incapacidad para enfrentar la realidad; todo ello entendido como un defecto. Sin embargo, a mi parecer, esto representa una forma sesgada de mirar y entender a las juventudes actuales. Por ejemplo, basta observar con atención lo que ocurre hoy en la Universidad Autónoma del Estado de Morelos para advertir que la metáfora está profundamente errada.
Las movilizaciones y el paro estudiantil que atraviesa la UAEM no parecen ser el reflejo de una generación débil. Por el contrario, revelan algo más complejo: jóvenes que cuestionan, incomodan y se niegan a aceptar inercias institucionales y prácticas anquilosadas de violencia. En una época marcada por la incertidumbre, la precariedad y la desconfianza hacia las autoridades, alzar la voz es más bien un acto de coraje cívico.
Por supuesto, tampoco se trata de romantizar. Los movimientos estudiantiles, como cualquier movimiento social, son espacios donde conviven convicciones genuinas con intereses diversos. De alguna forma, es parte de “la naturaleza” de los procesos políticos y sociales que haya quienes intervengan para sacar beneficio propio, capitalizando el descontento e instrumentalizando la indignación. Ignorar esa realidad sería ingenuo e imposibilitaría el análisis.
Por otra parte, reducir todo a esa lógica que termina restando valor a las genuinas determinaciones, sería profundamente injusto. Pienso que la mayoría de las y los estudiantes que hoy se organizan, debaten y ocupan los espacios universitarios no lo hacen por cálculo y ventaja, sino por convicción. Lo hacen porque creen –quizá con más claridad que quienes nos jactamos de ser adultos– que las instituciones deben rendir cuentas claras y que la universidad pública no puede permanecer ajena a las demandas de su propia comunidad, más aún cuando se relacionan con la seguridad y el bienestar.
Tal vez la metáfora del cristal no esté del todo equivocada, pero sí incompleta y acomodada a conveniencia de la mirada adultocéntrica. El cristal también puede ser templado: resistente, pero flexible, capaz de soportar presiones sin romperse. Así observo a muchas de las juventudes con las que convivo en aulas. No son frágiles; son más sensibles a las injusticias… y cómo no serlo, si experimentan muchas.
Eso incomoda porque nos implica esforzarnos para entender, para empatizar, para convivir. Esa incomodidad nos cuestiona respecto a qué mundo les estamos entregando y cuál es nuestra calidad moral para repeler su inconformidad.