Las Batallas
Hay todo un entramado muy complejo debajo de Cuernavaca, prácticamente una réplica de la ciudad pero reflejada en tuberías, válvulas, mangueras hacia las tomas, descargas, alcantarillados, subcolectores, colectores en fin, una gran red que casi nadie ve, pero de la que dependen, todos los días, la vida cotidiana de miles de familias. Ahí abajo circula el agua que llega a nuestras casas, el drenaje que desaloja el agua que utilizamos y la que escurre también, y que evita enfermedades. Es una infraestructura que sostiene a una ciudad completa. El reto es que, muchas veces, los problemas que no se ven, suelen postergarse, y si no existe conocimiento y planeación, no se pueden prever.
El Sistema de Agua Potable y Alcantarillado de Cuernavaca opera, en buena parte de su red, con infraestructura construida hace décadas. Muchas son tuberías de asbesto cemento que agotaron su vida útil, colectores rebasados por el crecimiento urbano y en la superficie plantas de tratamiento que hoy trabajan muy por debajo de lo que la ciudad necesita. El resultado es adverso: apenas el 38 por ciento de las aguas residuales de la cuenca del Apatlaco recibe algún tipo de tratamiento. El resto llega al río sin sanearse. De hecho, cerca del 90 por ciento de los contaminantes que carga el Apatlaco provienen de descargas sin tratar de Cuernavaca y municipios vecinos.
No se trata de un dato técnico aislado ni de una discusión ambiental para especialistas. Se trata de salud pública, de calidad de vida y de una deuda acumulada durante décadas. El estado del río es, en muchos sentidos, el reflejo de lo que no se ha atendido debajo del asfalto. Las fugas son quizá la expresión más evidente de ese deterioro. Así envejece una red hidráulica: pierde agua antes de colapsar y lo hace en silencio.
Ese silencio tiene sus costes. Cuesta en agua desperdiciada, en presión insuficiente, en drenajes saturados y en recursos públicos que terminan destinados a reparaciones de emergencia en lugar de mantenimiento preventivo. Pero también cuesta socialmente. Cuando el sistema falla, quienes menos tienen son quienes más resienten las consecuencias. Son las familias que deben pagar pipas privadas de entre 600 y 2 mil pesos en periodos de crisis; las colonias que viven con tandeos irregulares y organizan su rutina alrededor de la escasez; las comunidades cercanas a barrancas contaminadas que conviven diariamente con aguas que nunca debieron llegar ahí.
Lo más complejo de este deterioro es, precisamente, su invisibilidad. Un parque abandonado se nota. Una calle dañada genera reclamos inmediatos. Pero una tubería fracturada a tres metros de profundidad rara vez entra en la conversación pública. Y ahí está uno de los grandes problemas de fondo: durante años, buena parte de la inversión pública privilegió lo visible mientras la infraestructura subterránea envejecía sin diagnóstico suficiente, sin mantenimiento integral y sin planeación de largo plazo, era común escuchar que trabajar en las tuberías de agua “no da votos”, pero pavimentar sí…
La mayoría de los organismos operadores del país ni siquiera tienen claridad plena sobre el estado real de sus redes: no saben con precisión qué tramos están en condición crítica, dónde ocurren las mayores pérdidas o qué infraestructura requiere sustitución urgente. Sin diagnóstico, cualquier inversión termina siendo parcial, reactiva o improvisada.
Por eso, uno de los esfuerzos más importantes realizados recientemente en Morelos fue construir, desde la Comisión Estatal del Agua -institución que tuve el honor de encabezar- el primer diagnóstico integral sobre las problemáticas hidráulicas de la entidad. Identificar fallas estructurales, ubicar zonas de mayor vulnerabilidad y establecer prioridades reales de inversión no es un asunto menor. Es el punto de partida para dejar de administrar emergencias y empezar a planear soluciones de fondo.
En ese contexto, para 2026 Morelos tiene planeada una inversión cercana a los 460 millones de pesos en obras de agua potable, drenaje, saneamiento y para uso agrícola gracias al apoyo de la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo y la gobernadora Margarita González Saravia a través del programa PROAGUA y en coordinación con los 36 municipios del estado, así como por el programa de tecnificación de nuestro distrito de riego. No resuelve de golpe el rezago acumulado durante décadas, pero sin duda significa una inversión histórica que marca una diferencia importante: recursos etiquetados, obras definidas y prioridades técnicas establecidas.
Porque pensar en el agua de una ciudad implica, muchas veces, imaginar aquello que no se ve. Requiere visión técnica, responsabilidad pública y la voluntad de invertir en obras que quizá no generen aplausos inmediatos, pero que determinan el bienestar de una ciudad durante generaciones. Cuernavaca ya conoce el tamaño del problema. El reto ahora es no volver a mirar hacia otro lado.
* Ingeniero especialista en recursos hídricos y gestión de infraestructura hidráulica.