Las Batallas
Hace unos días, durante una charla con amigos, me sorprendí pensando que no recuerdo mi infancia por años tanto como la recuerdo por los Mundiales.
No recuerdo mucho de 2002 ni de 2006. O mejor dicho: los recuerdo a través del Mundial.
Cuando pienso en esos años no vuelven primero las fechas ni los acontecimientos, sino ciertas escenas: mi papá y mis tíos reunidos de madrugada para ver partidos que se jugaban al otro lado del mundo; los juegos de México comentados durante el recreo; los álbumes de estampitas; la sensación de que, durante unas semanas, la vida giraba alrededor de algo que parecía más importante que todo lo demás.
Quizá por eso me gusta tanto el Mundial.
No solo porque el fútbol sea un deporte hermoso. Lo es. Pero esa no es la razón principal.
El Mundial me gusta porque me devuelve a una forma específica de mirar el mundo.
Pienso en un poema de Blanca Varela titulado Fútbol:
juega con la tierra
como con una pelota
báilala
estréllala
reviéntala
no es sino eso la tierra
tú en el jardín
mi guardavalla mi espantapájaros
mi atila mi niño
la tierra entre tus pies
gira como nunca
prodigiosamente bella
Hay algo en esos versos que me habla de la infancia. No porque hablen de fútbol, sino porque hablan del juego. De esa capacidad de convertir el mundo entero en algo cercano, manipulable, maravilloso.
Juan Villoro escribió alguna vez -tomando prestada una frase de Javier Marías- que el fútbol es la recuperación semanal de la infancia. Yo le concedo razón. Pero sospecho que el Mundial hace algo más. El Mundial la conserva y la guarda en alguna parte.
En mi caso, la guarda en la niña que veía los partidos rodeada de adultos; en la adolescente que aprendió a sufrir los penales; en la estudiante universitaria que organizaba horarios para no perderse un juego; y ahora, en la mujer que vuelve a sentarse frente a la televisión y descubre que el fútbol todavía la conmueve.
Hay una edad en que el fútbol no es sólo un deporte. Es una forma de ordenar el mundo. Y en el centro de ese mundo suele haber alguien capaz de hacer cosas imposibles. Yo adoraba a Kaká. Me deslumbraba Ronaldinho, que sonreía mientras gambetea como si el fútbol fuera la actividad más divertida que había inventado la humanidad. Me emocionaba Rafa Márquez. Me fascinaba Dani Alves. Y qué decir de Messi.
Messi sigue jugando, lo cual, para quienes lo vemos, es muy parecido a presenciar un milagro estadístico y sentimental. Porque eso es lo que hacen los grandes deportistas cuando aparecen en nuestra infancia: nos enseñan que existe algo tal como la excelencia.
Que alguien puede dedicar una vida entera a perfeccionar un gesto hasta volverlo arte.
El juego del fútbol no se trata solamente de ganar, se trata de la belleza. De la posibilidad de hacer algo tan bien que millones de personas se emocionen al verte.
Eduardo Galeano escribió que el fútbol es “la música del cuerpo”. Siempre me gustó esa definición porque desplaza la conversación de la competencia hacia otra cosa. Hacia la experiencia estética. Hacia el placer de mirar.
Y sin embargo, mientras escribo estas líneas, el organismo que gobierna el fútbol mundial despliega lo que llama el Mundial más rentable de la historia.
La FIFA proyecta ingresos por 10 mil 900 millones de dólares para el ciclo 2023-2026. Casi cuatro mil millones provendrán únicamente de los derechos de transmisión. Por eso este Mundial viene acompañado de una larga lista de prohibiciones: retransmitir partidos sin licencia, compartir secuencias completas de juego, organizar transmisiones colectivas por plataformas digitales, proyectar encuentros en ciertos espacios sin autorización previa.
La FIFA tiene razones económicas para hacerlo. Los derechos de transmisión son su principal activo. Pero lo que me interesa no es la lógica empresarial. Lo que me interesa esotra pregunta: ¿Qué ocurre cuando aquello que forma parte de nuestra memoria colectiva se convierte en propiedad privada?
Porque el fútbol nunca circuló solamente a través de los estadios. Circuló a través de las conversaciones.De las sobremesas. De los grupos familiares. De la gente que relata un gol con más emoción que precisión. De los niños que imitan una jugada en el patio de la escuela al día siguiente.
La FIFA protege un producto, pero el fútbol siempre ha sido algo más que eso. Es, ante todo, un ritual y una experiencia colectiva.
Lo que vemos es una de las operaciones más sofisticadas del capitalismo contemporáneo: no destruir los afectos, sino administrarlos. No impedirnos amar el fútbol, sino cobrar entradas para acceder a ese amor en vivo. Regular sus formas de circulación. Convertir la emoción colectiva en un activo económico.
No le interesa que dejemos de querer el fútbol. Todo lo contrario. Necesita que lo queramos con la misma intensidad con que lo quisimos de niños. Con esa emoción absoluta que Blanca Varela describe cuando dice: báilala, estréllala, reviéntala.
Lo que hace es cercar esa emoción y ponerle precio. Galeano lo advirtió hace décadas cuando escribió que, a medida que el deporte se convertía en industria, iba perdiendo la belleza que nace de la alegría de jugar porque sí.
Hoy añadiría algo más: la industria ya no solo intenta apropiarse del juego.También intenta apropiarse de la nostalgia. Quiere monetizar a Ronaldinho sonriendo, quiere poner precio a la memoria de una sala llena de gente viendo un partido, quiere convertir en mercancía ese instante en que alguien aprieta el brazo de quien tiene al lado mientras la pelota entra en el área.
Y sin embargo, el fútbol precede y le sobrevive a la FIFA. Sigue apareciendo donde nunca fue negocio: en los llanos, en los patios de escuela, en los recuerdos. En esa conversación que vuelve una y otra vez sobre un gol, un jugador o una falta. En esa parte de la memoria donde los Mundiales dejan de ser torneos y se convierten en capítulos de nuestra propia vida.
Quizá sea por eso que seguimos mirando y esperándolo pacientemente cada cuatro años.
Porque durante unas semanas nos devuelve algo que creíamos perdido: una forma de asombro, una versión anterior de nosotros mismos, la sensación -cada vez más rara- de compartir una emoción con millones de personas al mismo tiempo en todo el mundo.
Cada cuatro años la tierra vuelve a girar, como escribió Blanca Varela, prodigiosamente bella.




