Las Batallas
Hace unas décadas, cuando un carterista era descubierto en plena calle, solía echar a correr entre la gente gritando “¡al ladrón, al ladrón!” mientras señalaba hacia cualquier lado. No buscaba escapar con astucia, sino con confusión: desorientar a la multitud, distraerla, impedir que alguien pudiera detenerlo. La maniobra era simple y eficaz: si todos miran hacia donde él apunta, nadie mira hacia él.
Eso mismo hace hoy Ulises N, hermano de Cuauhtémoc Blanco Bravo, y otrora "hombre más poderoso del sexenio pasado".
Las acusaciones de maltrato y violencia que enfrenta no son un asunto menor. Deben investigarse y juzgarse con rigor. Pero en lugar de encarar el proceso, Ulises ha optado por la táctica del carterista: generar ruido, señalar hacia afuera, acusar persecuciones imaginarias, todo para desviar la atención del punto central.
No es difícil entender por qué. Es evidente que teme las consecuencias de un juicio. No teme la política; teme la justicia.
Durante el gobierno de Cuauhtémoc Blanco, Ulises N acumuló influencia sin cargo formal, operando desde la sombra del poder. Ese contexto explica cómo un actor sin responsabilidad institucional directa pudo tener acceso, capacidad de presión, cobro de prebendas y presencia en espacios oficiales.
Según las acusaciones, ese poder fue utilizado para violentar a una mujer, incluso dentro de Casa Morelos, un recinto que debería representar institucionalidad, no abuso.
La violencia ejercida desde el privilegio político es doble violencia.
Hoy Bravo acusa a la gobernadora, a funcionarios estatales, a magistrados del Tribunal Superior de Justicia. Habla de persecución política, de complots, de enemigos. No porque existan, sino porque necesita construirlos.
La intención es clara: ensuciar el ambiente, victimizarse, ganar tiempo, ganar narrativa, lograr que la opinión pública se distraiga y que el caso se diluya entre el ruido.
Es la misma maniobra del carterista: si logra que todos miren hacia donde él señala, quizá nadie mire hacia lo que realmente importa.
El tema central no es su grito. El tema central es la acusación.
Un hombre que, amparado en el poder, habría violentado a una mujer en un espacio institucional. Un caso que debe resolverse en tribunales, no en conferencias improvisadas. Una responsabilidad que no desaparece porque él intente convertirla en disputa política.
Por más que grite “¡al ladrón, al ladrón!”, la justicia no funciona por volumen. Funciona por hechos.
La estrategia del carterista siempre tuvo un límite: tarde o temprano, alguien dejaba de mirar hacia donde él apuntaba y volvía a mirar hacia él.
Ese momento está llegando.
Por eso, aunque Ulises Bravo intente desviar la atención, no se olvidará lo que está en el centro del caso: una acusación grave que exige justicia, no espectáculo.
El ruido pasará. La responsabilidad no.




