Las Batallas
Lo ocurrido ayer en Yautepec no encaja del todo en la categoría de “violencia común” que suele marcar la vida diaria de esa región. Un grupo armado irrumpió en un evento con objetivo político —convocado por un ayudante municipal y una aspirante a la alcaldía para 2027, no es una convocatoria ingenua, es una convocatoria para darse a conocer rumbo a la elección— donde, además, asistieron familias enteras, con un número importante de niñas y niños que estaban ahí para ver el partido México–Ecuador.
Los primeros reportes hablaban de un ataque indiscriminado, pero conforme avanza la información surge la posibilidad de que pudieron haber ido por ella, por la aspirante. En los hechos, quien perdió la vida fue su esposo, Miguel Tijera, asistente del diputado federal Agustín Alonso Gutiérrez.
La escena es inquietante: un acto político con presencia infantil convertido en un punto de violencia extrema. Y eso obliga a mirar más allá del momento.
Hace unas semanas, la federación detuvo a los liderazgos más importantes de Los Linos, un grupo que pasó de ser una célula de matones y extorsionadores a operar en circuitos de tráfico de droga hacia Estados Unidos. Algunos de sus integrantes podrían estar incluso en ruta de extradición.
La operación federal fue contundente, pero la violencia parece no haber disminuido. Y eso abre una hipótesis que Morelos conoce bien: cuando se descabeza a un grupo, el territorio entra en reacomodo. Las células se fragmentan, los mandos medios se desesperan, los grupos rivales se mueven, los vacíos se llenan con violencia.
La captura de Los Linos no cerró un ciclo; abrió otro.
A este panorama se suma un dato que conecta a Yautepec con la Ciudad de México. Hace unos días fue detenido ahí un hombre involucrado en el asesinato de dos colaboradores cercanos de la jefa de Gobierno Clara Brugada, ocurrido hace más de un año en Tlalpan. El sujeto vivía en Morelos con comodidad, integrado, invisible.
Ese cruce de violencias —una local, otra capitalina— muestra que Yautepec se ha convertido en un refugio, un punto de tránsito o un espacio de operación para actores que no necesariamente pertenecen al municipio. Cuando dos violencias se encuentran, el mapa deja de ser local.
La pregunta central sigue sin respuesta: ¿qué está pasando realmente en Yautepec?
¿Es un asunto estrictamente criminal, producto de reacomodos tras la captura federal de Los Linos? ¿Es un conflicto personal que escaló de manera brutal? ¿Es un mensaje político dirigido a una aspirante? ¿Es una mezcla de todo lo anterior?
La verdad es que nadie puede responderlo con certeza. Ni las autoridades municipales, ni las estatales, ni las federales. Cada nivel tiene piezas del rompecabezas, pero ninguna tiene el cuadro completo.
Cuando un grupo armado ataca un evento político donde hay familias y niños, el mensaje no es solo para la aspirante. Es para el municipio. Para los actores políticos. Para quienes están pensando competir. Para quienes creyeron que la captura de Los Linos estabilizaría la zona.
La violencia en Yautepec no está actuando como ruido: está actuando como comunicación. Y cuando la violencia comunica, lo hace con brutalidad.
Lo ocurrido ayer no puede verse aislado. Yautepec se ha convertido en un punto donde confluyen tres violencias:
El problema es que, en México, estas violencias suelen confundirse. Y cuando se confunden, se vuelven más peligrosas.
La pregunta sigue ahí, abierta, urgente, incómoda: ¿qué está pasando en Yautepec? Y, sobre todo, ¿quién puede responderlo?




