Bajo el volcán: Demasiado al norte
Tras una carrera llena de éxitos, Óscar Wilde fue sentenciado a trabajos forzados en 1895 a causa de cometer actos de ‘grave indecencia’ con personas del mismo sexo, y sólo dos años más tarde, al haber purgado la condena en su totalidad, pudo recuperar la libertad.
El genial escritor cultivó desde 1891 una conspicua relación con lord Alfred Douglas —Bosie, como era conocido—, hijo del marqués de Queensberry. La poesía los había unido en el ambiente universitario de Oxford; Bosie contaba con 21 años y frecuentaba aún las aulas, mientras que Óscar era un ingenioso dandy de 37 que había atesorado una profusa erudición.
Desde que se conocieron, el joven poeta cautivó a Wilde, quien admiraba su talento no menos que su belleza, al punto de afirmar que Bosie había sido el Jacinto de quien Apolo se enamorara en tiempos de la Grecia clásica, y que sus labios habían sido creados no sólo para el canto y la música, sino también para besarlos con locura.
Óscar estaba perdidamente enamorado de su chico –‘my own boy’—, como se refería a él en sus cartas. En una del verano de 1894, el esteta parece capitular por completo ante un triunfante Bosie: “No puedo vivir sin ti. Pienso en ti en todo momento, y echo de menos tu encanto, tu juvenil belleza, la combativa brillantez de tu ingenio, el delicado hechizo de tu genialidad; y, sobre todo, te extraño a ti”.
Alfred no sólo no correspondía plenamente a este amor, sino que gozaba con poner a prueba el de Wilde, en especial si ello suponía un desafío para su padre, el marqués de Queensberry.
Fue así que en 1895, en la cúspide de su carrera tras el estreno de “La importancia de llamarse Ernesto”, Óscar Wilde acusó al marqués de difamación: en efecto, Queensberry le había escrito una carta que dirigía “A un sodomita que gusta de exhibirse”. El juicio dio un revés inesperado, pues habiendo comenzado como parte denunciante, el famoso literato acabó condenado a trabajos forzados en la prisión de Reading.
Las argumentaciones de Wilde durante el proceso parecían estar más encaminadas a defender la pureza y sublimidad de su amor por Bosie que a exculparse de las invectivas del marqués, además de que partían de la premisa —incontrovertible según Óscar— de la amoralidad del arte, y, por tanto, de la imposibilidad de reprochar su relación amorosa.
Wilde escribió durante la ejecución de su condena una obra titulada De profundis, presentada en forma de epístola para su amante. Entre sus páginas es posible advertir la tiránica fascinación que el joven ejercía sobre el autor —tanto que, pese a haberle llevado a la ruina e incluso a perder la libertad, nunca pudo dejar de amarlo.
Además de no entablar denuncias contra suegros poderosos, las lecciones para los enamorados son muchas, sobre todo, no cambiar la libertad por la belleza, a no ser que tan grande sacrificio logre transformarse en una obra de arte.




