Bajo el volcán: Demasiado al norte
Tiempazo, lo logré. Un medio más. Pero ya valió, creo que jamás me podré ir de aquí. Acaban de agarrar al Mencho, la ciudad está hecha un relajo. Fueron las palabras de mi hermano al finalizar el medio maratón que se celebró en Guadalajara el domingo 22 de febrero.
La noticia me pegó durísimo. Me llegaron, de golpe, recuerdos sumamente dolorosos. Me transporté al año 2009, un día antes de mi cumpleaños número veinticuatro, al 16 de diciembre, cuando Marcos Arturo Beltrán Leyva “El Barbas” fue abatido en Cuernavaca.
Ese día fue el principio del fin. Tuve la dicha de criarme y ser muy feliz en la capital del estado de Morelos. Desde ese fatídico 16 de diciembre, nada fue igual. Los habitantes de Cuerna conocimos el terror y el miedo ocasionados por el narcotráfico. Los guayabos nos atrincheramos en nuestros hogares sin saber que pasaría. La calma y la tranquilidad que caracterizaban a la Ciudad de la Eterna primavera no han regresado.
A la caída de Beltrán Leyva le siguieron la Narco Posada, los colgados de Galerías, diversos cuerpos mutilados, balaceras por doquier y otros hechos atroces que han mantenido en estado de alerta a los ciudadanos de la capital morelense por más de quince años. Lamentablemente, el ser humano aprende a vivir en medio de la barbarie. Las heridas en Cuernavaca y en muchas otras ciudades mexicanas continúan abiertas.
En 2011, el escritor colombiano Juan Gabriel Vázquez ganó el Premio Alfaguara de Novela por El ruido de las cosas al caer. Ese mismo año leí el libro galardonado. Quedé estupefacto debido a que me intentifiqué sobremanera con la historia narrada por Vázquez y la situación que atravesaban la ciudad en la que me crié, así como mi país.

A diferencia de las narconovelas que suelen glorificar la violencia o el dinero fácil, al escritor colombiano le interesa los efectos secundarios y los daños colaterales. Éste explora cómo las personas que crecieron en los años 80 y 90 en Colombia quedaron marcadas por una violencia que no siempre les tocó directamente, pero que respiraron a diario.
La novela nos enseña que el pasado nunca está muerto; es una fuerza invisible que nos marca como una gran cicatriz de la cual no nos podemos deshacer.
La historia comienza en una Bogotá contemporánea, donde Antonio Yammara, un joven profesor de derecho, entabla una amistad casual con un hombre enigmático llamado Ricardo Laverde, quien acaba de salir de prisión. Un evento violento y repentino une sus destinos de forma trágica, dejando a Antonio sumido en un trauma físico y psicológico que lo aleja de su propia familia y de él mismo.
Obsesionado por entender qué llevó a ese momento, Antonio emprende una investigación personal para reconstruir la vida de Laverde. Este viaje lo llevará décadas atrás, hasta los años 70.
Esta maravillosa e inequitante novela nos deja claro como el pasado de otros puede chocar contra nuestro presente y como el miedo puede convertirse en una herencia invisible pero asfixiante.
Somos los libros que leemos…




