Bajo el volcán: Demasiado al norte
Hay bebidas que se ingieren con rapidez, otras que son para el deleite; el pulque es una herencia. Su apariencia lechosa y su espesura nos llegan a través de una larga y contradictoria historia a la vez sagrada y profana, celebrada y menospreciada, agraria y urbana, ritual y ordinaria. Pocos fermentos cuentan con tantos significados como este líquido proveniente del maguey.
Se sabe que la elaboración del pulque y del aguamiel es originaria de las actuales tierras hidalguenses: los hallazgos arqueológicos más antiguos, localizados en los valles de Apan, dan testimonio de su consumo desde el siglo IV antes de nuestra era. Sin embargo, junto a la historia convive la leyenda… el relato más conocido vincula el pulque con la caída del gobierno pacífico de Ce Ácatl Topiltzin Quetzalcóatl, quien, engañado por Tezcatlipoca, ingirió la bebida sagrada creyéndola medicina y, tras embriagarse, desapareció en su marcha hacia el oriente, con la promesa de volver.
En el mundo prehispánico, el consumo del pulque estaba estrictamente regulado y reservado a ceremonias rituales, por parte de sacerdotes y ancianos. No se le bebía por placer, sino como vínculo con lo divino, pues el maguey era considerado una planta sagrada y su savia, un don divino.
Tras la conquista, el pulque perdió su carácter ritual y se convirtió en bebida popular; lo que había sido rito se convirtió en comercio. Surgieron las pulquerías en pueblos y ciudades, espacios donde la bebida ya no era un puente con los dioses, sino que se asoció a la convivencia, la música y la conversación. Las antiguas prohibiciones sobre su consumo cayeron en desuso y el pulque se integró a la vida cotidiana de la población indígena y mestiza.
En el siglo XIX alcanzó su mayor expansión. Las haciendas pulqueras abastecían a las grandes ciudades y la bebida se convirtió en emblema urbano. Cada barrio tenía su pulquería.
El siglo XX cambió su destino. La modernización, la industria cervecera y los discursos higienistas lo descalificaron, tachándolo de signo de atraso. La cerveza embotellada desplazó al pulque, que fue excluido de los espacios familiares y sociales de prestigio y fue relegado y marginado. No obstante, no desapareció del todo: simplemente se ocultó.
Y el ocultamiento no fue definitivo: en las últimas décadas, el pulque ha regresado a ocupar su lugar en la cultura mexicana. Jóvenes, artistas, cronistas urbanos, entre otros, lo han redescubierto como signo de memoria y resistencia. Ya no sólo se le bebe: se le explica, defiende y estudia.
Hoy el pulque sintetiza una biografía líquida del país. En su fermentación se mezclan mito, crónicas y espacios rurales y urbanos. Como otro Quetzalcóatl, se ha ido y ha vuelto, de modo que en cada jarrito sigue diciendo, sin palabras, quiénes fuimos y quiénes seguimos siendo.
El pulque es una bebida fermentada de maguey con una historia larga y contradictoria, vista como sagrada y profana. Originaria de las tierras hidalguenses, su consumo data del siglo IV a.C., y en el mundo prehispánico estaba estrictamente regulado y reservado para fines rituales por parte de sacerdotes y ancianos.
Tras la conquista, perdió su carácter sagrado y se convirtió en una bebida popular y un producto comercial, lo que dio lugar al surgimiento de las pulquerías y su mayor expansión en el siglo XIX como emblema urbano.
En el siglo XX, la modernización y la industria cervecera la desacreditaron y marginaron, asociándola con el atraso. En las últimas décadas, el pulque ha regresado a la cultura mexicana, redescubierto como un signo de memoria y resistencia, y hoy sintetiza la biografía líquida del país, mezclando mitos y crónicas.
Para leer la columna de opinión “Resonancias Culturales” visiten Quadratín Morelos.