Bajo el volcán: Demasiado al norte
¿Alguna vez te has sentido perdido? No hablo de perderse entre calles o en los largos pasillos de la escuela, sino de esos momentos en silencio en los que, sin saber muy bien cómo, todo parece desordenarse un poco. Decisiones que no salieron como esperábamos, hábitos que intentamos cambiar mil veces y siempre regresan, pendientes que se acumulan casi sin que nos demos cuenta. Puede ser algo tan simple como la alimentación que prometimos mejorar, la alarma que suena temprano y volvemos a posponer, aquella materia que dejamos para después o ese proyecto que juramos empezar y nunca llegó a concretarse. Pero a veces la sensación va más allá. Aparece de pronto y casi sin aviso, esa pregunta incómoda: ¿realmente estoy donde debería estar? Hace poco, en una de mis clases, encontré algunas ideas que me ayudaron a empezar a mirar esa pregunta desde otra perspectiva.
Todos llegamos al mundo bajo condiciones que no elegimos: una familia, una historia, ciertas capacidades, límites y talentos. Durante mucho tiempo se pensó (como imaginaban los griegos al hablar del destino tejido por las Moiras) que estos elementos marcaban un camino imposible de modificar. Sin embargo, quizá puedan entenderse mejor como los primeros trazos de una partitura. En la música, la partitura establece la clave, la tonalidad, el compás y el tempo. No determina cada sonido ni obliga al músico a una ejecución mecánica; simplemente señala el marco dentro del cual la melodía puede cobrar vida. El intérprete no crea desde el vacío: recibe una obra ya escrita y su tarea consiste en darle sentido.
Algo parecido ocurre con la vida. La libertad no consiste en negar la partitura ni en desear haber empezado desde otro lugar, sino en aprender a interpretarla. No se trata de cambiar las notas, sino de descubrir cómo tocarlas incluso cuando parecen difíciles. Y cuando la melodía se desordena (porque inevitablemente ocurre) quizá lo mejor no sea avanzar ignorando el error, sino detenerse, volver al inicio y comenzar otra vez con más atención.
Tal vez ahí se encuentre el verdadero significado de las segundas oportunidades. No son la posibilidad de vivir otra vida distinta, sino la oportunidad de releer la misma historia con una comprensión nueva. A veces creemos que equivocarnos arruina la melodía, cuando en realidad solo estamos aprendiendo a tocarla. Quizá la pregunta ya no sea por qué estoy donde estoy, sino qué puedo hacer desde aquí. Porque incluso dentro de límites que no elegimos permanece abierta la posibilidad de interpretar mejor nuestra propia historia. Y tal vez la libertad consista precisamente en eso: no en cambiar la obra, sino en aprender, una y otra vez, a tocarla con mayor verdad.
Y ustedes, ¿qué opinan?