Las Batallas
¿En qué momento empezamos a convertirnos en personajes de nosotros mismos?
Sucede poco a poco. Aprendemos qué versión nuestra es más graciosa, menos incomoda o más fácil de disimular en determinados lugares. Empezamos a pulir gestos, respuestas, maneras de hablar, como quien se prueba máscaras frente a un espejo hasta encontrar la que mejor sobrevive entre los demás; la que aparenta ser más transparente cuando, en realidad, es la más opaca. Y lo más extraño es que, con el tiempo, olvidamos que la llevamos puesta.
Hay máscaras evidentes, fáciles de reconocer: aparentar seguridad todo el tiempo, nunca quebrarse o convertir todo en un chiste para evitar mostrar lo que realmente sentimos. Pero también existen otras mucho más discretas: la máscara de estar bien, la de fingir que algo no nos importa o incluso actuar como si realmente supiéramos hacia dónde vamos.
No las usamos malintencionadamente. A veces solo las usamos para protegernos, porque mostrarnos tal cual somos da miedo. La honestidad tiene algo profundamente frágil: deja partes de nosotros expuestas, sin adornos, sin explicación. Es mucho más fácil mostrar una versión editada de lo que somos que cargar con la incertidumbre de no saber si seremos aceptados sin ella. Al final, duele más sentir que no seríamos queridos siendo realmente nosotros que ser juzgados por el personaje que construimos para ocultarlo.
Por eso las máscaras resultan tan cómodas. Nos ayudan a movernos por el mundo sin tener que detenernos demasiado a pensar quiénes somos debajo de todo eso. Como maquillaje sobre una grieta: no la repara, pero consigue que, por un momento, deje de verse.
El problema es que llega un punto donde ya no sabemos qué parte ocupa la máscara… y qué parte ocupamos nosotros. El escritor Oscar Wilde decía: “Dale a un hombre una máscara y te dirá la verdad”. Y quizá ahí está la paradoja más cruel: a veces fingimos tanto frente a los demás que sólo detrás de una máscara nos sentimos libres para mostrarnos realmente.
Pero sostener personajes cansa. Cansa sonreír cuando algo duele. Cansa actuar indiferentes frente a cosas que sí nos importan. Cansa vivir tratando de coincidir con una versión de nosotros que construimos para ser aceptados.
Tal vez la honestidad no consiste en quitarnos todas las máscaras de golpe. Algunas llevan demasiado tiempo ahí. Quizá empieza, más bien, en esos pequeños momentos donde dejamos de actuar por un instante. Donde ya no intentamos parecer algo y simplemente somos.
Porque, al final, pocas cosas pesan tanto como pasar demasiado tiempo alejados de uno mismo. Y entonces queda una pregunta, quizá la más difícil de todas: detrás de todo lo que mostramos, ¿quién eres realmente?
Y ustedes, ¿qué opinan?