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Foto: Especial

Opinión/Omar Cereso

 
| 13 de febrero de 2018 | 8:03
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Según el Informe Latinobarómetro 2017, en México el 91% de los mexicanos no confía en los partidos políticos, eso quiere decir que sólo 12 millones de mexicanos están satisfechos con los partidos políticos por lo que, usando la matemática simple, más de 114 millones de mexicanos deberían esperar una opción distinta a la que los partidos políticos ofertan y, ponderando esos datos a la lista nominal de electores, que es aquella que contiene a los ciudadanos que podrán votar en los próximos comicios, de los 87 millones de mexicanos que estarán en posibilidad de votar, 80 millones no deberían creer en los partidos.
Lo anterior nos pone en la siguiente disyuntiva; 80 millones de mexicanos con posibilidad de votar y que no creen en los partidos políticos, deberían respaldar a los aspirantes independientes a la presidencia de la República, eso quiere decir que si se distribuyera equitativamente esa población entre los 48 aspirantes que se registraron, a cada uno le tocarían más de un millón y medio de firmas, los suficientes como para que todos alcanzaran el registro como candidatos, pero no.
De hecho, las preferencias electorales ponen en los primeros lugares a Andrés Manuel López Obrador, Ricardo Anaya Cortés y José Antonio Meade Kuribreña y los tres son aspirantes de ¡Partidos políticos!, algo inexplicable que raya en lo surrealista.
Ahora bien, las causas de esa paradójica conducta de los mexicanos están sustentadas, también, en el Informe Latinobarómetro que señala a México como el tercer país donde menos apoyo se tiene a la democracia, tan sólo detrás de El Salvador y Guatemala, al pasar de 63% en 2002 al 38% de apoyo, en tanto que los países referentes de la región como Chile y Brasil tienen tasas de apoyo a la democracia del 55% y 43% respectivamente. Más delicado es que sólo el 18% de los mexicanos estén satisfechos con la democracia, menos de dos de cada diez.
Lo anterior tiene dos lecturas a saber; o los mexicanos no estamos preparados para la libertad y la incertidumbre que supone la democracia y simplemente preferimos regímenes autoritarios que se encarguen de sostener al país con sus problemas, o simplemente los mexicanos tenemos un grave problema de comprensión de conceptos y creímos la peregrina idea de que la democracia es sinónimo de prosperidad económica, quizá quepa una tercera lectura que sea la resultante de combinar las dos primeras y eso es mucho peor.
El propio Informe Latinobarómetro 2017 indica que hay una percepción generalizada de que los habitantes piensan que los gobernantes gobiernan para sus intereses y no para la mayoría, pero los mecanismos de contención a los intereses están dados en la participación ciudadana y si esta es muy pobre, se explica entonces la hipótesis de la primera lectura, no queremos o tememos participar en la cosa pública bajo el inaceptable pretexto de que la política es muy sucia.
Ya Erich Fromm señalaba en su libro “El miedo a la libertad” que estar libre de autoridad crea desesperanza y hace que las personas prefieran someterse a un sistema autoritario y, aunque la democracia en una sociedad participativa no anula a la autoridad, sí le deja a los ciudadanos el ejercicio de la libertad con responsabilidad –libertad positiva que llamaría Fromm– pero en una sociedad como la mexicana que lleva, por lo menos, 700 años de relaciones sociales verticales, paternalistas, tributarias y clientelares, transitar de golpe a la responsabilidad ciudadana es tanto como quedarse huérfano y eso es precisamente lo que pasa a los mexicanos, rechazamos la democracia porque nos abandona a nuestra propia responsabilidad y, en nuestra orfandad, no estamos preparados para hacernos responsables.
Es curioso que, si pudiéramos graficar las tendencias de confianza en los gobiernos y gobernantes, nos daríamos cuenta de que cada seis años repunta la confianza en el gobernante, pero paradójicamente, la confianza en el gobierno no mejora, porque los mexicanos creemos que el gobernante nos resolverá los problemas y nos salvará hasta del mismo gobierno, por eso esa contradictoria fascinación que causa el poder, temido y a la vez admirado, alabado y envidiado.
Ese fenómeno social fue el que Vicente Fox no comprendió cuando dio su famosa respuesta “¿Y yo por qué?” a fines de 2002, para los mexicanos resulta cuestionable que un presidente rehúya una “responsabilidad” que está fuera de sus facultades expresas y se espera que, lo resuelva todo, incluso yendo más allá de sus atribuciones, como si un presidente fuera constructor, maestro, obrero, ministerio público, juez, empleador y alimentador de la población. El problema es que estamos en México y no en Noruega y para los mexicanos el gobierno es capaz de todo, hasta de resolvernos la vida y todo aquello que nos devuelva la responsabilidad de resolver los problemas de la población, será calificado como insensible e incluso traidor. El error de Fox fue no comprender a su pueblo y mientras él se quiso mostrar como un administrador público, los mexicanos queríamos un padre protector que se encargara de todo.
Por eso los mexicanos están hartos de los partidos políticos, pero no son capaces de liberarse de su yugo, porque sería tanto como emanciparse del esclavismo y no saber ni cómo alimentarse porque el amo les daba látigo, pero también el pan, por eso es preferible ir con los candidatos de partido, porque hay aparato y estructura que garantice el control de las instituciones paternalistas y clientelares y no la aventura de una persona que no tiene representación real alguna y es también el motivo por el que López Obrador se muestra con mayor fortaleza, porque Meade y Anaya representan el desencanto con la democracia y el abandono de la población para que, a su suerte, ejerzan la responsabilidad de resolver sus propios problemas, por eso la postura autoritaria, controladora y paternalista del lopezobradorismo fascina a la mayoría de los mexicanos, les quita la responsabilidad de valerse por sí mismos y se delega en el gobierno.
Ahora bien, de los aspirantes independientes con posibilidades de aparecer en la boleta electoral, solamente Edgar Ulises Portillo Figueroa, es el que luce más auténticamente independiente, porque todos sabemos que Jaime Rodríguez viene del PRI, Margarita Zavala viene del PAN y Armando Ríos viene del PRD, en tanto que Portillo Figueroa no ha militado en partidos políticos y, aunque su formación académica como licenciado en derecho, maestro en administración pública y doctor en ciencia política podrían ser su soporte para aspirar al cargo con conocimiento de la cosa pública, por resultar un completo desconocido para la población, simplemente no es confiable.
Edgar Ulises Portillo Figueroa, con todo y su formación académica, ha alcanzado casi un millón de firmas de apoyo ciudadano y ni siquiera figura en ninguna encuesta de preferencias electorales, mientras que Andrés Manuel López Obrador, con sus limitaciones académicas, tiene 12 millones de votos según las preferencias, de manera que, si sacamos de la contienda a todos y hacemos una elección entre López Obrador y Portillo Figueroa, el primero ganaría prácticamente con el 90% de los votos.
La paradoja de los independientes es que, para los mexicanos, las cualidades y aptitudes para ejercer un cargo resultan completamente irrelevantes y sucumben ante la fama y un discurso populista y demagógico, pero no es culpa de los populistas y los demagogos, sino de una población que simplemente no entiende ni quiere entender y prefiere seguir votando por sus verdugos, simplemente porque les resulta más conocido y con eso se confirman dos axiomas; los pueblos tienen los gobiernos que se merecen y el pueblo no es víctima sino cómplice.
Si acaso, a manera de consuelo de tontos podría decir que también los británicos y los estadounidenses se equivocaron al decidir con la víscera y no con la cabeza, pero la falta de preparación del pueblo de México hace que pasen desapercibidos los costos de esas malas decisiones que en el Reino Unido alcanzan los 80 billones de libras esterlinas y en Estados Unidos 18 billones de dólares, malas decisiones que pagarán los habitantes y no los gobiernos.
El experimento de los independientes se ha condenado al fracaso y no es responsabilidad de los diputados ni de los partidos o del árbitro electoral, sino que será culpa, por entero, de los ciudadanos mexicanos.