Tiempos Modernos: Claudia, primer paso para obtener justicia
Hay una frase que muchas veces describe adecuadamente a quienes carecen de habilidad y/o voluntad para mirarse a sí mismos(as): no se dan cuenta de que no se dan cuenta.
La reciente polémica protagonizada por Pedro Sola a partir de sus declaraciones sobre "aventar carne envenenada" a perros en espacios públicos, no solo abrió un debate sobre el derecho a la vida de los animales de compañía o sobre los límites del humor; también dejó ver un mecanismo que suele repetirse cuando personajes con décadas de presencia mediática descubren –demasiado tarde– que el mundo cambió mientras ellos seguían convencidos de que nada había cambiado. Sus comentarios han sido criticados pues constituyen una forma de normalizar la violencia contra los animales e incluso, ha sido denunciado por apología del delito.
Podríamos pensar que el problema es generacional, que se trata de una torpeza por no estar ritmo de los tiempos. Sin embargo, esto no le pasa solo a personas mayores. Existe una forma de soberbia peligrosa que no distingue edad: aquella que produce la ilusión de inmunidad. Quien ha ocupado durante años una posición privilegiada en el espacio público termina creyendo que puede decir-hacer cualquier cosa porque siempre lo ha hecho. Confunde popularidad con impunidad, espontaneidad con “permiso”. Realmente esto no le pasa solo a figuras públicas: esta soberbia también se encuentra en personas comunes que reproducen las “recetas de siempre” en sus relaciones interpersonales creyendo que siempre estarán cubiertos por el manto del “así son las cosas”. Pero sí, claramente es más notorio y peligroso en quienes tienen una voz pública que llega a miles de personas.
El sociólogo francés Pierre Bourdieu explicaba que el poder no solo se ejerce mediante recursos materiales, sino también mediante capital simbólico, lo que en este caso corresponde a la autoridad social que hace que ciertas voces sean escuchadas, repetidas y legitimadas. Cuando alguien con ese capital habla, sus palabras nunca son solo opiniones privadas. Son intervenciones públicas que producen realidad.
Por eso decir que "era una broma", que "así hablábamos antes" o que “son solo palabras”, no solo no es excusa, es bastante tonto. El lenguaje no es inocente. Autores como John Austin y Judith Butler, entre otros, han mostrado que las palabras hacen cosas: autorizan, excluyen, legitiman, normalizan. No matan por sí mismas, desde luego, pero pueden contribuir a construir un clima donde determinadas violencias dejan de parecer extraordinarias. Hablamos de violencia contra perros, pero esto aplica para cualquier violencia expresada en el lenguaje en contextos donde, además, esa violencia es real y cotidiana.
Lo preocupante es que muchos personajes públicos siguen operando bajo una lógica propia del siglo pasado: aquella donde existía una comunicación vertical y con poca o nula réplica. Se trata de una lógica desde el privilegio donde con tranquilidad se minimiza la violencia bajo el velo del “solo fueron palabras”.
Tal vez antes no, pero ahora “sí es para tanto”.
Hay quienes acusan que las personas se han vuelto más intolerantes. Quizá lo que ha ocurrido es que se ha ampliado el círculo de aquello que se considera moralmente relevante: la violencia contra las mujeres, el racismo, la discriminación, la crueldad hacia los animales...
Seguir creyendo que el prestigio acumulado coloca a las personas por encima del escrutinio público es bastante ingenuo. Los tiempos cambian. Las sensibilidades también. La autoridad de hablar requiere comprender mejor el contexto desde el que se enuncian las palabras.
El problema nunca ha sido equivocarse; somos humanos. El verdadero problema es no darse cuenta de que uno(a) ya dejó de darse cuenta.




