Las Batallas
Vivimos en el momento de la historia de la humanidad en que más tenemos información al alcance de la mano. En unos segundos podemos saber lo que ocurre a kilómetros de distancia, consultar distintas fuentes, mirar videos de todo tipo, acceder a testimonios y opinar públicamente sobre (casi) cualquier acontecimiento. Paradójicamente, esta abundancia no necesariamente se traduce en una mejor comprensión del mundo. De hecho, a veces parece que pasa lo contrario: tenemos más información, pero menos disposición para detenernos a pensar... vaya, disposicón si quiera para consultarla.
El filósofo y sociólogo francés Edgar Morin notó hace décadas este problema. Una de sus críticas se dirige al paradigma de la simplificación: esa forma de conocer/conocimiento que separa, jerarquiza y reduce aquello que, en la realidad, se encuentra relacionado, aquello que es complejo. Realmente, toda realidad es compleja, no desde una perspectiva de “dificultad”, sino desde la interrelación. Frente a ello, la propuesta de Morin del“pensamiento complejo” no propone hacer difícil lo sencillo, sino reconocer que los acontecimientos humanos (aunque también de otro tipo) difícilmente pueden explicarse mediante una sola causa o la clásica oposición entre buenos y malos.
Aquí surge una paradoja. Morin pensaba que el crecimiento de nuestros conocimientos puede ir acompañado por nuevas formas de ignorancia y de “inteligencia ciega”. No porque conocer más sea malo o dañino, sino porque acumular información no equivale a comprender la realidad. Podemos tener cientos de datos y, sin embargo, equivocarnos si los separamos, los sacamos de contexto o elegimos solo aquellos que confirman lo que ya pensábamos.
Las redes sociales se han convertido en el escenario perfecto para esa inteligencia ciega. Algo ocurre y, de inmediato, comienza la disputa por definir qué pasó “realmente”. Antes de conocer todos los elementos aparecen culpables, intenciones, explicaciones definitivas… y el público se fragmenta en bandos.
Por supuesto, las redes sociales no son la única causa. Las propias plataformas en su conjunto favorecen una determinada manera de relacionarnos con la información. Sus lógicas premian la velocidad, la reacción y el contenido que provoca emociones intensas. La indignación, el miedo y la certeza circulan con mayor facilidad que la duda, el contexto o los matices. Decir “esto es indignante y alguien tiene la culpa” es más atractivo que decir “todavía no sabemos exactamente qué ocurrió; esperemos”.
El reciente caso del autobús que trasladaba a estudiantes de la UAEM hacia Cuautla es un buen ejemplo. La unidad modificó su recorrido sin previo aviso y llegó hasta la Ciudad de México; las y los estudiantes, comprensiblemente asustados, avisaron a familiares y autoridades, mientras la Universidad activó protocolos de seguridad.
La preocupación es entendible, más aún en un contexto de violencia e inseguridad como el que vivimos. Pero reconocer legítimamente el miedo no significa que conozcamos automáticamente todas las causas, responsabilidades o intenciones detrás de algún evento.Ahí está la simplificación. La incertidumbre resulta tan incómoda que queremos saber inmediatamente quién tuvo la culpa, quién miente, quién exagera o quién pretende ocultar algo... es incómoda, pero también es oportunidad para polarizar. La propia dinámica de las plataformas nos incita a pronunciarnos rápidamente, pero la complejidad obliga a admitir que “todavía no tenemos suficiente información”.
Pensar complejamente no significa relativizarlo todo ni permanecer quietos(as). Significa distinguir entre hechos comprobados, testimonios, interpretaciones e hipótesis; significa tomar en cuenta el contexto, escuchar distintas versiones y aceptar que podemos equivocarnos.
Siguiente a Morin, uno de los grandes problemas de la actualidad no es la falta de información, sino nuestra dificultad para relacionarla, situarla en contexto y dudar de nuestras certezas. La complejidad implica renunciar a la comodidad de lo simple.