Bajo el volcán: Demasiado al norte
¿Cuántas de las cosas que deseamos son verdaderamente nuestras? ¿Alguna vez se han preguntado por qué desean lo que desean? Tal vez el ser humano no sabe del todo qué quiere y, por eso mismo, aprende a desear mirando a los demás. Imagínense frente a una tienda de zapatos: al final, ¿eligen los más cómodos o los que todos parecen querer?
Este modelo se reproduce en todas las facetas de nuestro cotidiano; al no saber qué desear, imitamos y nos adentramos en una feroz competencia por el reconocimiento ajeno. Este fenómeno, propio de la naturaleza humana y que los griegos denominaron mímesis, nos mete en una especie de carrera sin línea de meta, donde no corremos detrás de las cosas en sí mismas, sino de la imagen que ellas reflejan en la mirada de los demás. Pareciera entonces que el Hombre se enamora más del deseo que del objeto mismo.
Sin embargo, la imitación no se limita únicamente a lo bello, a lo próspero o a lo convencionalmente “deseable”. Aquí empieza el problema. La violencia y los vicios también pueden convertirse en modelos de imitación. Lo que muchas veces se busca es el reconocimiento, aun cuando para alcanzarlo terminemos silenciando nuestro propio compás moral y relativizando los medios empleados para conseguirlo. En ese sentido, el ser humano se comporta como un niño pequeño, que aprende observando e imitando a quienes tiene delante: repite gestos, palabras y conductas sin cuestionar aún su verdadero valor. Series que glorifican la violencia, narrativas centradas en el poder o esquemas de rivalidad constante terminan configurando aquello que aprendemos a admirar y, más tarde, a reproducir.
Por ello, resulta fundamental elegir cuidadosamente nuestros modelos de imitación. El problema no es imitar (pues hacerlo es inevitable), sino los modelos que adoptamos, consciente o inconscientemente, como referencia para orientar nuestros deseos y nuestras acciones.
En ese punto surge lo que algunos pensadores han denominado una crisis mimética: un momento en el que la competencia se intensifica hasta volverse insostenible y la tensión social comienza a desbordarse. Cuando todos desean lo mismo y nadie está dispuesto a renunciar, el conflicto es inevitable. ¿No es acaso lo que vemos todos los días en las redes sociales con los influencers e incluso los artistas?
El verdadero desafío es aprender a desear mejor. ¿Dónde termina mi deseo y dónde empieza el del otro? Tal vez la verdadera libertad no consista únicamente en elegir, sino en reconocer el origen de aquello que creemos haber elegido por nosotros mismos.
Y ustedes, ¿qué opinan?