Bajo el volcán: Demasiado al norte
En la década de 1990, recuerdo que un criterio común para evaluar las películas de la época era si los efectos especiales eran realistas o no. No nos importaba saber que, al ser “efectos especiales”, partían ya de ser hechos diseñados en post-producción y que no eran posibles en la realidad humana. Lo que nos importaba era que los gráficos engañaran a nuestra mente y fueran tan buenos que se vieran reales. Hoy, la tecnología ha avanzado tanto en ese campo que hemos dejado de cuestionar qué tan reales parecen los efectos especiales. Más bien, esa realidad diseñada ha escapado de las pantallas del cine y ha llegado a nuestra cotidianidad a través de la Inteligencia Artificial Generativa.
Un ejemplo de lo anterior lo vivimos el domingo pasado con los hechos ocurridos en varias ciudades de Jalisco. En pocos minutos, las redes sociales se llenaron de noticias sobre eventos en distintos puntos del estado; por ejemplo, lo que supuestamente aconteció en el Aeropuerto de Guadalajara. El pánico empezó a circular en redes sociales. Las personas compartían el contenido. No siempre cuestionaban su veracidad. Simplemente decidían hacerlo para informar, por preocupación o para alertar a otros. Este fenómeno, más allá de ayudar a la población, genera caos y miedo debido a la desinformación y a la incapacidad de evaluar la información que se recibe segundo a segundo.
Actualmente nos enfrentamos a contenido que es producido por no humanos. O, quizá, a contenido construido por no humanos a partir de instrucciones de humanos con objetivos políticos, económicos o sociales muy específicos. En el caso de los contenidos falsos que circularon el fin de semana pasado, fueron creados para incrementar la sensación de violencia y, por lo tanto, de alarma generalizada en la sociedad. Y ojo: no quiero minimizar lo que sucedió. Más bien, quiero poner sobre la mesa la importancia de recuperar esa crítica que antes hacíamos para evaluar constantemente el contenido al que nos exponemos, pero con nuevos criterios.
Hoy ya no basta con preguntarnos si algo “se ve real”. Ahora necesitamos hacernos otras preguntas: ¿lo que vemos es humano?, ¿lo creó un no humano siguiendo instrucciones de un humano?, ¿qué buscaban los humanos que diseñaron este contenido falso?
En la era que habitamos, contamos con una facilidad para generar contenido como nunca antes, y esa misma facilidad debería ir acompañada de una mayor capacidad para juzgarlo. Si en los años noventa evaluábamos algo como “realista o no”, hoy necesitamos agregar otros niveles de análisis: ¿por qué estamos viendo este contenido?, ¿qué buscan los humanos detrás de los contenidos generados con IA que las audiencias hagamos o sintamos? La Inteligencia Artificial Generativa plantea nuevos retos cognitivos para la humanidad. Ser críticos frente a lo que vemos ya no es opcional, y emitir juicios informados es cada vez menos sencillo, pero cada vez más necesario.




