Las Batallas
La autocensura es el ideal de la dictadura. No asume costo alguno, ni siquiera sospecha. Además, es discreta, en ocasiones invisible, sobre todo cuando opera en cadena: de la empresa al editor y de allí la sugerencia comedida al periodista, conductor y opinador. El gobierno sólo requiere de tres cosas: hacer evidente que vigila y que le importa lo que se diga; que tiene dientes, esto es, manera de castigar; y dispuesto a hacerlo si fuera necesario. Bajo esta consideración se deben leer los lineamientos sobre el derecho de las audiencias. Su impacto más evidente y pernicioso es la autocensura.
La libertad de expresión vive su peor momento. El ataque viene de dos frentes: el del crimen, que ha castigado gravemente —en especial en las regiones con importante presencia delictiva— a medios, reporteros, creadores de contenido, periodistas, entre otros. Su doble impacto: el castigo visible y la autocensura. Las autoridades no protegen y, a veces, son parte del brazo armado del criminal. Evidencias sobran por la captura de los poderes locales. Denuncia hay, pero no respuesta. Tan sencillo como ver el deplorable abandono de la CNDH y de fiscalías políticamente dirigidas.
El otro frente viene de la política pública de los gobiernos contra el periodismo independiente. Nunca los medios y sus colaboradores habían sido tan agredidos, vilipendiados y calumniados desde la tribuna presidencial. Se usan todos los recursos, como la difusión de datos protegidos; el empleo de la UIF, violentando la presunción de inocencia y bloqueando ilegalmente cuentas a quienes no se sometían al régimen, y el asedio de la justicia electoral. Las mañaneras han sido un agresivo espectáculo contra la libertad de expresión, y ahora que se invoca el derecho de las audiencias, la mañanera opera sin código de ética o defensor de la audiencia; vamos, ni siquiera se concede espacio para el derecho de réplica. La difusión de lista de indeseables periodistas, medios y espacios digitales no guarda precedente.
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