Las Batallas
¿Cuántas veces en una conversación o en las relaciones interpersonales se invoca la palabra “derechos” como si con eso bastara para tener razón?
En la actualidad, el lenguaje de los derechos ocupa con mayor frecuencia un rol protagónico. Muchas veces, las discusiones concluyen invocando uno o varios derechos. No obstante, esto no significa que todas las veces la mención de tal o cual derecho se acompañe de una reflexión sobre su origen, ni sobre el sentido que históricamente tuvo su conquista. Los derechos no son producto de concesiones amables; son resultado de largas luchas donde incluso ha corrido sangre. Han sido resultado de disputas colectivas que pusieron en jaque las relaciones de poder existentes. Los derechos no son eventos de la naturaleza ni inmutables. Los derechos tienen historia.
Pero esa historia no siempre es conocida ni tampoco hay mucho interés en conocerla. Ese desconocimiento y desinterés facilita que los derechos se instrumentalicen estratégicamente como moneda de cambio dentro del juego político. Con mayor frecuencia se emplean con el propósito de ganar posiciones, acumular capital simbólico o deslegitimar a otro(a); incluso, se utilizan para proveerse de comodidades que, a su vez, permiten excursarse del cumplimiento de deberes. Esta instrumentalización no solo vacía de sentido a los derechos, sino que debilita las luchas que les dieron origen. Y lo peor, pone en riesgo la aplicación de los mismos para quienes viven condiciones de vulnerabilidad.
Cuando apelamos a los derechos para cerrar discusiones en lugar de abrirlas, cualquier desacuerdo se interpreta como una negación de los mismos. Paradójicamente, “callar” al otro bajo el manto del “tengo derecho”, debilita el debate democrático y favorece la polarización de ideas. Cuando todo se formula en términos de derechos, pero sin asumir las responsabilidades que implican, la historia y los conflictos que les anteceden se banalizan. Porque, seamos honestos(as), cuántas veces nos apoyamos en un derecho solo para sacar jugo a los privilegios que de por sí ya tenemos.
En la sentencia “es mi derecho” o “tengo derecho a”, viene implícito el compromiso con una responsabilidad que no siempre asumimos. Señalar este “contrato a medias” no implica negar la importancia de los derechos ganados, ni mucho menos de su ejercicio, pero sí pone énfasis en su uso oportunista. El meollo está en la intención: si para deslindarme de una responsabilidad digo que “tengo derecho a” o que “se me está violando el derecho tal”, entonces tengo un entendimiento limitado de lo que es un derecho y minimizo el esfuerzo de quienes lucharon por él.
Si los derechos dejan de ser un horizonte de justicia para convertirse en una herramienta útil para dañar cuando no estoy de acuerdo con las responsabilidades que me implica la relación con los(as) otros(as), les restamos de todo su potencial para cuando en verdad los necesitemos.