Las Batallas
Han pasado unos días desde la final del Mundial 2026 y apenas ahora empieza a asentarse todo lo que vivimos durante un mes. Los partidos se mezclan, los goles empiezan a confundirse y las discusiones sobre si España fue un justo campeón o si Argentina merecía algo más van perdiendo intensidad. La final, es cierto, estuvo lejos del vértigo de Qatar 2022. Pero el fútbol, como la vida, terminó poniendo las cosas en su lugar: ganó el mejor y eso es indiscutible.
En estos días he vuelto una y otra vez a la misma idea: los mundiales terminan varias veces.
La primera, cuando el árbitro da el silbatazo final. Las demás van ocurriendo días después, conforme lo vivido, lo visto y lo sentido empieza a encontrar su lugar en la memoria y los análisis, las polémicas y las valoraciones técnicas empiezan a desvanecerse para hacer lugar a las imágenes que siguen circulando y se vuelven símbolo.
Estas son algunas de las postales que nos dejó el Mundial de 2026.
Este Mundial fue, sobre todas las cosas, el de las despedidas.
Y las despedidas, aunque una crea que las tiene previstas, siempre encuentran la manera de sorprender. Alexandra Kohan lo dice mejor que yo: "Los finales son siempre un poco sorpresivos por eso, porque una cosa es dar por terminado algo y otra, muy distinta, es que esa terminación, ese final se haga carne, se haga acto, se haga marca".
Todos sabíamos que Messi tenía 39 años. Que Cristiano había cumplido 41. Que Modrić llegaba con 40. Que Ochoa disputaba su sexto Mundial. Lo sabíamos como se sabe una fecha impostergable. Pero una cosa es saberlo y otra muy distinta es verlo hacerse cuerpo.
Ver a Messi llorando de pie mientras España levantaba la copa que alguna vez levantó él y con la que imaginaba despedirse. Ver a Cristiano quebrarse después del gol de España, ese que llegó muy tarde como para dejar espacio a la esperanza. Ver a Modrić abrazando a Cristiano. Dos cuerpos agotados sosteniéndose el uno al otro como si todavía pudieran cargar, entre los dos, una época entera del fútbol.
También quedó Ochoa entrando de cambio ante Chequia para recibir una última ovación en el Azteca, sí, el Azteca. Semanas después nos dijo que las luces se apagan, que la gente se va, pero que hay noches que permanecen para siempre.
Y después apareció Scaloni frente a los micrófonos. Antes de hablar del partido, pidió perdón. Casi daba la impresión de que se disculpaba, más que por un error táctico, por algo imposible de controlar: porque el tiempo también alcanza a los mejores y Messi, el mejor del mundo, no pudo despedirse como el campeón del mundo.
Esa es la marca de la que habla Kohan. No el final, que todxs conocíamos de antemano, sino el instante en que se convirtió en un cuerpo llorando, en una disculpa dicha con la voz quebrada, en un abrazo que duró apenas unos segundos más de lo necesario.
Este también fue el Mundial de los porteros. He de decir, cursimente, que por momentos tuve la impresión de que algunos de ellos no saltaban sino que hacían algo muy parecido a volar. Y entonces recordé aquel verso de Rafael Alberti: "Y el aire tuvo piernas, tronco, brazos, cabeza." Hubo atajadas que parecían exactamente aire tomando cuerpo para impedir un gol.
Vozinha llegó con la selección de Cabo Verde a los 40 años para disputar el primer Mundial en la historia de su país. Llegó casi como un desconocido y terminó convertido en una de las grandes revelaciones del torneo. Sostuvo el arco serenamente, con una dignidad conmovedora frente a las dos mejores selecciones del Mundial: España y Argentina. No necesitó ganar para quedarse para siempre en la memoria.
Por nuestra selección, que merece un escrito aparte, estaba Raúl "Tala" Rangel, que de niño hacía ladrillos y vendía cocos en Zapotlán. Llegó a la Selección con unas manos que antes habían aprendido a amasar pan. Terminó el Mundial con cuatro partidos sin recibir gol y, por momentos, pareció detener algo más que balones: sostuvo nuestra esperanza y nuestra duda. Detrás de él estaba Ochoa y su legado.
También estuvo el Dibu Martínez, convirtiendo cada tiro en una conversación privada con quien se atreviera a cobrarlo. Sus métodos podrán discutirse pero su eficacia, difícilmente. Él juega ajedrez mental desde la línea de meta. Sus gestos, palabras y miradas provocadoras son capaces de estirar unos segundos hasta volverlos eternos.
Un Mundial termina pero empieza la espera obstinada y silenciosa del siguiente. Le acompañan las imágenes que guardamos en el museo de lo eterno. Dentro de cuatro años, cuando vuelva a rodar la pelota, algunas regresarán sin que nadie las llame. Recordaremos dónde estábamos, con quién vimos la final, qué jugadores seguían ahí y cuáles ya no volverán.
Y volveremos a esperar
A esperar que el próximo Mundial nos deje nuevas postales. Que el fútbol conserve algo de aquello que lo volvió nuestro antes de que la industria aprendiera a ponerle precio a casi todo. Que entrar a un estadio no cueste veintiún salarios mínimos. Que ningún entrenador tenga que bajar la cabeza por su indignación. Que la próxima bandera levantada en una cancha no aparezca en medio de un genocidio.
Cuatro años son demasiado para el cuerpo de un futbolista y casi nada para que el mundo cambie.
Aun así, en 2030 estaremos ahí.
Posdata
Hubo otra imagen, lejos de la cancha, que me conmovió. La vi en un video grabado a la salida de un partido de Argentina. Un hombre lloraba mientras trataba de explicar por qué dolía tanto el resultado y por qué, aun así, todo había valido la pena.
Entre lágrimas dijo: “Necesitábamos abrazarnos”.
Después habló de la inflación, de la dificultad de llegar a fin de mes, de un país atravesado por problemas que el fútbol, por supuesto, no resuelve. Pero durante un mes, aunque fuera apenas por noventa minutos, miles de personas pudieron reconocerse en una misma alegría y esperanza.