Bajo el volcán: Demasiado al norte
Esta semana mi algoritmo decidió que necesitaba ver, una y otra vez, publicaciones de gente regañando a otra gente por cómo lee. Que si no recuerdas los detalles de un libro que terminaste hace un año, en realidad no lo leíste. Que si lees tres cosas al mismo tiempo eres un psicópata. Que si alguien lee muchísimo y sigue siendo, a pesar de todo, una persona mediocre o cruel, algo tuvo que salir mal. Como si los libros trajeran escondida entre sus páginas una especie de vacuna moral y hubiera lectores a los que, por algún defecto propio, simplemente no les hizo efecto.
Detrás de todos esos regaños hay una idea bastante rígida de lo que significa leer: "leer nos hace mejores personas, leer nos hace más inteligentes y, para que realmente cuente, hay que hacerlo con una disciplina casi devocional. Hay que terminar los libros, recordarlos, comprenderlos correctamente y, de ser posible, poder demostrar después que los leímos." Mientras más me encuentro con esas reglas, más pienso que tienen poco que ver con la experiencia de leer que yo conozco. Sobre todo porque dejan fuera algo que para mí está en el origen de casi toda lectura: el deseo.
La idea de que leer nos hace mejores personas es un buen lugar para empezar a decir algo al respecto. Si fuera cierta, la historia tendría algunos casos difíciles de explicar. Hitler, por ejemplo, reunió una biblioteca de miles de volúmenes. Las estimaciones sobre su tamaño varían mucho, pero sabemos que contenía literatura, historia, filosofía y tratados militares, y que leía con una frecuencia que cualquier miembro de Goodreads envidiaría.
Timothy Ryback, el historiador que dedicó años a reconstruir aquella biblioteca y la relación de Hitler con sus libros, encontró algo bastante más interesante que la cantidad. Hitler leía únicamente libros que pudieran reforzar lo que ya creía. Buscaba argumentos, fragmentos y datos que pudiera incorporar a una visión del mundo que ya estaba construida. Los libros no abrían una grieta en sus convicciones, servían para afianzarlas. Se puede leer muchísimo sin moverse un centímetro del lugar en el que una ya estaba.
Esa posibilidad me interesa más que cualquier cifra sobre cuántos libros lee alguien al año porque desplaza la pregunta sobre lo que es leer hacia los efectos de la lectura en nosotras. Podemos abrir un libro buscando nuestra propia voz, esperando que alguien nos devuelva, mejor dichas, las cosas que ya pensábamos. Pero también podemos abrirlo dispuestas a encontrar algo que no esperábamos y que consiga desacomodar, aunque sea un poco, lo que creíamos saber.
Pensando en esa diferencia volví a Roland Barthes, que suele acompañarme cuando pienso en la lectura y en el amor, que acaso sean la misma cosa. En Sobre la lectura dice que “toda lectura está penetrada de deseo”. Me gusta leer esa frase junto a otra imagen suya. En Fragmentos de un discurso amoroso, el enamorado está siempre atento a los signos de aquel a quien ama. Una palabra, un gesto, un silencio, incluso una ausencia, se vuelven cosas que hay que leer. “Busco signos, pero ¿de qué?”, se pregunta. “¿Cuál es el objeto de mi lectura?”. Quien ha estado enamorada conoce esa forma particular, casi hermenéutica, de prestar atención. Aprende a reconocer los gestos del otro, a detenerse en sus palabras y a encontrar sentidos donde para los demás puede no haber nada.
Me gusta pensar juntas la lectura y el amor por eso. Con los libros también establecemos una relación movida por un deseo que no siempre sabemos explicar. A veces hay una pregunta, una curiosidad o una incomodidad, otras, apenas unas ganas difíciles de nombrar. Algo nos lleva hacia un texto sin que sepamos todavía qué esperamos encontrar ahí. Leemos buscando algo que no tenemos del todo claro y aceptamos seguir ese deseo a ver dónde termina.
Por eso la sorpresa me parece tan importante. Si abrimos un libro únicamente para confirmar lo que ya sabemos, la lectura empieza a parecerse demasiado a escucharnos hablar frente a un espejo. Para que ocurra otra cosa hay que tolerar cierta incertidumbre y dejar abierta la posibilidad de que un libro nos lleve a un sitio al que no habíamos pensado ir. A veces ocurre algo todavía mejor, vamos buscando una respuesta y descubrimos que estábamos haciendo la pregunta equivocada.
Hay cierta humildad en esa disposición, porque una lee desde lo que no sabe. No pienso en una insuficiencia que haya que corregir ni en un hueco que los libros vengan obedientemente a llenar. Pienso, más bien, en reconocer que no hay un saber que pueda cerrarse por completo. Siempre habrá un libro que no conocemos, una idea que no entendemos, una palabra que tendremos que buscar o alguien que pensó antes una cosa que apenas empezábamos a intuir.
Por eso tampoco entiendo la lectura como una forma de llenar un hueco, pienso que los libros hacen más bien lo contrario. Una entra buscando una cosa y sale queriendo leer tres más, encuentra una respuesta que trae consigo otras preguntas, descubre a un autor que lleva a otro y después a otro. Quien lee se parece en eso al enamorado de Barthes. Sigue leyendo porque algo permanece fuera de su alcance. La falta no desaparece cuando leemos, apenas cambia de lugar, y acaso sea ese movimiento lo que mantiene vivo el deseo.
Pensar la lectura desde ahí también permite aceptar que el deseo no lleva inventario. No necesita conservar intacto aquello que alguna vez quiso para demostrar que lo quiso de verdad. Se mueve, cambia de objeto, regresa, se distrae, insiste. Con los libros pasa algo parecido. A veces deseamos uno durante meses y cuando por fin llega a nuestras manos no ocurre nada, o abrimos casi por accidente un libro del que no esperábamos mucho y terminamos viviendo dentro de él durante semanas. Hay libros que llegan cuando todavía no estamos preparadas para ellos y a los que regresamos años después. Otros simplemente dejan de llamarnos en la página cincuenta.
También olvidamos. Yo no recuerdo todo lo que he leído y tampoco quisiera que la medida de mis lecturas fuera cuánto puedo recuperar de ellas años después. Hay libros de los que he olvidado argumentos completos, nombres, personajes y finales, pero de los que permanece una imagen, una sensación o una idea que ya ni siquiera sabría decir de dónde salió. Con los afectos sucede algo parecido. No recordamos cada conversación con las personas que hemos amado y eso no vuelve menos verdadero lo que sentimos por ellas. El deseo deja huellas bastante más caprichosas que un registro de lo ocurrido.
Por eso me resulta tan extraña la obsesión por auditar la lectura. Cuántas páginas leíste, cuántos libros terminaste, cuánto recordaste, cuántos abandonaste. Parece que incluso el deseo necesita ahora presentar resultados. Pero en cuanto leer se convierte en algo que debemos acreditar ante los demás, cambia nuestra relación con el texto. Ya no estamos solamente frente a esas páginas. Está también la mirada imaginaria de quien podría preguntarnos después si lo terminamos, si lo entendimos, si podemos hablar de él y demostrar que lo hicimos bien.
Eso está bastante lejos del lector deseante de Barthes. Para quedarse a solas con un libro hace falta cierta libertad. La de distraerse, regresar tres páginas, saltarse una, abandonar un libro que dejó de interesarnos o descubrir que aquel que jurábamos que iba a fascinarnos nos aburre soberanamente. Podemos obligarnos a terminar un libro, pero no podemos obligarnos a desear seguir leyéndolo.
Y ahí vuelvo al enamorado de Barthes. No porque todo libro tenga que provocarnos un arrebato ni porque leer y amar sean exactamente la misma cosa, sino porque en ambos hay algo que se resiste a ser administrado. No decidimos del todo qué persona va a despertar nuestro deseo y tampoco qué libro va a obsesionarnos, aburrirnos, acompañarnos durante años o aparecer de pronto en nuestra memoria mucho tiempo después de haberlo cerrado.
Tal vez por eso me gustan tanto los libros que todavía no he leído. Los que esperan en una repisa, los que alguien menciona en una conversación y anoto para después, los que encuentro citados al final de otro libro y de pronto necesito buscar. Cada uno contiene la promesa de algo que todavía no conozco. No sé cuánto voy a recordar de ellos, si voy a terminarlos ni si me harán una persona mejor. Ni siquiera sé si van a gustarme. Pero algo me llevó hasta ahí, y por ahora eso basta para querer abrirlos.