Bajo el volcán: Demasiado al norte
Quiero comenzar esta entrega con una advertencia: no soy crítica de cine. Tampoco soy especialista en poesía o literatura. Me gusta ir al cine y me gusta leer. A veces una película me lleva a un libro y otras veces un libro termina llevándome a una discusión igual o más interesante que la película misma.
Eso me pasó esta semana.
Hace unos días Emily Wilson, la traductora de cuya versión de La Odisea Christopher Nolan tomó la célebre frase "háblame de un hombre complicado" para hablar de su película, publicó en la London Review of Books una crítica devastadora de casi cinco mil palabras contra esa misma adaptación.
La acusación central no es menor: la cinta, dice, carece de profundidad psicológica, emocional, política y ética. Los troyanos mueren sin rostro. Odiseo mancha sus manos de sangre con la limpieza de un videojuego. Nadie, ni víctima ni verdugo, alcanza la complejidad moral que, según Wilson, sostiene el poema. La sentencia que terminó por viralizar la reseña es también la más dura: "Me daría vergüenza haber escrito cualquier parte de este guion".
Es una crítica seria, escrita por alguien que probablemente conoce el poema mejor que casi cualquiera. Mientras la leía iba concediendo algo de razón, pero conforme avanzaba tuve la impresión de que la discusión estaba ocurriendo en diferentes niveles. Para mí, el asunto no es el de siempre: si el libro supera a la película, o si Nolan estuvo a la altura de Homero. Lo interesante es pensar si una adaptación puede juzgarse con los mismos criterios que la obra de la que nace.
Hace más de medio siglo André Bazin escribió que "los verdaderos obstáculos a superar (en la adaptación como género) no son de orden estético". El problema de las adaptaciones, decía, siempre ha sido también un problema cultural que tiene que ver con qué esperamos de ellas y qué tan dispuestos estamos a aceptar que una obra cambie al pasar del lenguaje poético, en este caso, al lenguaje cinematográfico. Pero Bazin tampoco era complaciente. Para él una película podía traicionar una obra y había que decirlo. Incluso escribió que "la buena adaptación cinematográfica debe llegar a restituirnos lo esencial de la letra y del espíritu". En otras palabras, la eficacia de una adaptación no debería juzgarse en términos de qué tanto se parece al poema original, sino en si consigue conservar aquello que lo hace significativo.
Porque Bazin no entiende la fidelidad como una copia. La entiende como la capacidad de encontrar, en otro lenguaje, una forma distinta de conservar lo esencial. Mientras avanzaba en la crítica de Wilson, esa distinción empezó a perseguirme. ¿Y si el problema no es que Nolan haya traicionado el poema, sino que pareciera ser que estamos esperando del cine el mismo tipo de experiencia que produce la literatura?
John Berger lo explica mejor que nadie. Dice que cuando leemos una novela solemos identificarnos con un personaje; en la poesía, incluso, podemos identificarnos con el propio lenguaje. El cine funciona distinto. "Su alquimia es tal que los personajes llegan a identificarse con nosotros. Es el único arte en el que eso puede ocurrir."
La diferencia parece pequeña, pero cambia, a mi parecer, la discusión. Si el personaje se identifica con nosotros y no al revés, la ambigüedad moral no puede funcionar en el cine como funciona en el poema. Probablemente y a decir de Wilson, en Homero, la ambigüedad es una suspensión: el lector sostiene dos lecturas de Odiseo -héroe y asesino- sin que el texto lo obligue a resolver la tensión, porque esa tensión vive en el ritmo, en la repetición, en la sintaxis.
Esa ambigüedad, sin embargo, no puede construirse de la misma manera. Si Berger tiene razón, el cine no nos enfrenta al personaje como la literatura lo hace a través del lenguaje sino que hace que el personaje termine habitándonos. Su complejidad no depende del ritmo de una frase o de un verso que vuelve una y otra vez, sino de la duración de un plano, de un gesto, de un silencio, de una mirada que insiste más allá de la explicación.
Wilson extraña la ambigüedad moral de La Odisea. Esa posibilidad de mirar a Odiseo como héroe y como asesino al mismo tiempo. Como un hombre admirable y también profundamente cuestionable. Tiene razón en que esa complejidad está en la obra de Homero. Lo que no tengo tan claro es que esa complejidad exista únicamente en la historia o está dada por la manera de contarla. En el ritmo del poema, en las repeticiones, en el lenguaje mismo.
Por eso me cuesta aceptar una crítica que parece medir la película con la regla del poema. No porque Nolan deba quedar absuelto. Al contrario. Se le puede reprochar que no haya encontrado una forma propiamente cinematográfica de transmitir esa complejidad. Pudo, por ejemplo, construir la violencia de Odiseo desde un punto de vista que nos hiciera dudar de nuestra propia posición como espectadores, en vez de una violencia limpia y coreografiada. Ese me parece un reclamo completamente válido.
Pero no es lo mismo decir que una película no encontró su lenguaje que despreciarla porque no pudo hacer exactamente lo que hacía un poema. Y ahí aparece la ironía que más me llamó la atención. Emily Wilson es traductora. Su trabajo consiste todos los días en aceptar que dos lenguas nunca producen exactamente el mismo efecto. Nadie espera que una traducción sea el texto original. Esperamos que encuentre, con las herramientas de otro idioma, una manera de conservar el sentido de lo que se enuncia.
Eso mismo hace una adaptación. No intenta que el cine diga exactamente lo mismo que la literatura, sino que encuentre una manera propiamente cinematográfica de producir una emoción, una duda o una tensión semejantes.
Y ahí está la ironía también, porque la misma Wilson, al traducir el primer verso de Homero, no buscó la exactitud sino un equivalente: "complicado" en vez de la fórmula tradicional del hombre "de muchos giros". Sabe, mejor que nadie, que cambiar de lengua es traicionar un poco la letra para salvar el espíritu. Lo que le costó reconocer es que eso es exactamente lo que el cine le pide a la literatura.
Quizá por eso terminé la crítica menos convencida por la polémica que por la paradoja. Sigo creyendo que Nolan hizo una gran película. Pero me quedó la impresión de que, al juzgarla, la traductora olvidó por un momento la lección que mejor conoce: que ninguna obra sobrevive al cambiar de lenguaje si intenta repetirse, sobrevive cuando encuentra una forma distinta de decir lo esencial.