Crisis terminal del régimen
Vivimos tiempos en que parece que todo nos indigna. Y sí, hay mucho sobre lo cual sentirse así: injusticias, tragedias, declaraciones escandalosas... Compartimos, comentamos, reaccionamos y, durante algunos minutos, sentimos que participamos de algo colectivo. Pero ¿qué sucede con esa indignación cuando aparece el siguiente video?
La investigadora greco-norteamericana Zizi Papacharissi ofrece una clave para comprenderlo. Esta autora emplea el término públicos afectivos para pensar que las plataformas digitales no solo transmiten información: también facilitan la circulación de afectos que conectan a personas, las identifican entre sí y pueden estimular la acción colectiva. No necesitamos conocernos ni compartir una organización formal para sentir que pertenecemos a una misma causa. A veces, basta una imagen o una historia para cumplir la consigna de internet: conectarnos.
De acuerdo con Papacharissi, los afectos se distinguen de las emociones en que no son experiencias individuales, sino intensidades que circulan, nos conectan y predisponen a actuar. Las plataformas digitales son especialistas en amplificarlas mediante la visibilidad, repetición e interacción. El asunto a destacar aquí es que esa misma velocidad que permite encender una emoción –dígase para nuestro caso, la indignación–, también puede contribuir a extinguirla rápidamente.
En noviembre de 2025, por ejemplo, las movilizaciones identificadas con la llamada Generación Z adquirieron una enorme visibilidad digital, alimentada por el descontento frente a la violencia y la inseguridad. Miles de personas salieron a las calles. Sin embargo, convocatorias posteriores reunieron a menos participantes (muchos menos). Así, en abril pasado, una nueva protesta en la Ciudad de México apenas reunió a unas decenas.
Claro, el funcionamiento de las plataformas es solo una entre otras variables que participan en explicar éste y otros fenómenos. En toda movilización intervienen disputas políticas, capacidades organizativas, financiamiento, condiciones sociales... hasta el clima puede jugar un rol (un día lluvioso disuade una marcha). Pero el contraste permite preguntarnos:¿cuánto de aquella indignación logró convertirse en organización y cuánto dependía de la intensidad del momento?
Es ahí donde aparece una paradoja de nuestra vida pública digital. Nunca había sido tan sencillo expresar solidaridad, denunciar abusos, sumarse a una causa y hacer comunidad con quienes compartimos una preocupación. Sin embargo, la facilidad para participar también puede producir la ilusión de que reaccionar equivale a organizarse y a transformar. Un millón de reproducciones no representa necesariamente un movimiento social, así como miles de comentarios indignados no garantizan una exigencia política sostenida.
Esto no significa que el activismo digital no tenga un peso. Las redes sociales han permitido visibilizar injusticias como nunca antes, articular solidaridades, convocar movilizaciones y atraer la atención de los medios de comunicación. Incluso, la “intensidad” puede obligar a que un tema se incorpore en la agenda de la discusión pública. El problema no es que las emociones participen en la política, sino confundir su intensidad con su capacidad transformadora.
Por ello, pensadores(as) como Papacharissi consideran que uno de los grandes desafíos democráticos de la actualidad consiste en aprender a sostener en el tiempo aquello que sentimos. Porque la indignación puede abrir una conversación, pero transformar la realidad exige organización, memoria, compromisos y persistencia.
El cambio es un jarro de agua que se llena gota a gota.