Confirman muerte de Patrick Stewart, estrella de Star Trek y X-Men
Hace unos días recibí un mensaje que llevaba mucho tiempo esperando. Alguien que me hizo daño me escribió para decirme que lo sentía y, después de leerlo, me quedé pensando en qué recibí exactamente. Había esperado tanto tiempo esas palabras que me sorprendió descubrir que una vez frente a ellas, no supe muy bien qué hacer. Durante mucho tiempo imaginé que leerlas me produciría algún alivio, pero cuando finalmente llegaron me encontré con un montón de preguntas que, hasta este momento, siguen sin tener respuesta definitiva para mí: ¿qué significa realmente que alguien nos diga que “lo siente”? ¿es una disculpa, una expresión de arrepentimiento o simplemente una manera de nombrar lo que esa persona siente respecto de sus propias acciones sin que ello pase necesariamente por la reflexión del daño?
Empecé entonces a pensar en las palabras que usamos para hablar del arrepentimiento, la culpa y el perdón. Las pronunciamos con tanta familiaridad que a veces olvidamos cuánto pueden diferir entre sí. Decir “lo siento”, excusarse, pedir disculpas y pedir perdón son gestos que solemos confundir pero cada uno supone una relación distinta con el daño que hemos causado y con la persona que lo recibió.
Decimos “lo siento” en un velorio, cuando empujamos accidentalmente a alguien en el metro o cuando reconocemos haber lastimado a una persona querida. La expresión puede contener un arrepentimiento profundo, pero también puede quedarse en la descripción de un sentimiento. Sentir algo, incluso sentirlo intensamente, no significa necesariamente comprenderlo ni hacerse responsable de sus consecuencias en el otro.
Excusarse, en cambio, supone ofrecer una explicación. A veces las explicaciones son necesarias y ayudan a comprender las circunstancias de una acción, aunque también pueden convertirse en una manera de atenuar nuestra responsabilidad. Pienso en esas disculpas que vienen acompañadas de un “pero”, después del cual aparecen el cansancio, las dificultades personales, las intenciones que supuestamente eran buenas o cualquier otra circunstancia que termina por ocupar el lugar de lo que se hizo. Hay explicaciones que permiten comprender y otras que parecen pedirnos que comprendamos tanto que acabemos por olvidar.
Pedir disculpas exige algo más difícil: reconocer una acción y asumir sus consecuencias sin esperar que las razones que la explican terminen por justificarla. Pero incluso entonces queda abierta una pregunta sobre lo que esperamos recibir a cambio. Porque una disculpa puede ser sincera y, al mismo tiempo, llevar consigo la petición de que la otra persona nos libere de la culpa.
Jacques Derrida dedicó parte de su pensamiento a esa dificultad. Al reflexionar sobre el perdón, se detuvo en su relación con el don, con aquello que se ofrece sin que exista la obligación de devolverlo. Me interesa esta construcción porque permite pensar el perdón fuera de la lógica del “yo enuncio y tú me das”. Quien ha lastimado puede arrepentirse, reconocer lo que hizo e intentar reparar sus consecuencias, pero nada de eso le concede el derecho a ser perdonado. Si el perdón es un don, exigirlo sería convertirlo en una deuda.
En “Perdonar lo imperdonable y lo imprescriptible”, Derrida también se preguntó por el lenguaje que hace posible una escena de perdón, por la necesidad de que quienes participan en ella puedan reconocerse en las palabras que intercambian. Volví a pensar en el mensaje que había recibido. Hablamos el mismo idioma, por supuesto, pero yo llevaba mucho tiempo esperando algo que esas palabras no terminaron de nombrar. Supe en ese momento que hay una distancia entre lo que la otra persona quería decir y aquello que yo necesitaba escuchar, una distancia que ninguna fórmula de arrepentimiento podrá resolver por sí sola.
A todas estas reflexiones que me asaltaron después de ese mensaje, se suma la insistencia contemporánea en “sanar”, “soltar” y dejar atrás cuanto antes aquello que nos ha hecho daño. Me disgusta la facilidad con la que hemos empezado a tratar la tristeza y el enojo como emociones de las que habría que desprenderse para demostrar que estamos bien. Hay experiencias que nos entristecen y acciones que merecen nuestra indignación. Aristóteles, en su reflexión sobre las virtudes, reconocía que la ira podía ser una respuesta justa cuando se dirigía hacia quien correspondía, por las razones adecuadas y en la medida pertinente. Es decir, incluso una tradición filosófica tan preocupada por la moderación encontró un lugar para el enojo.
Por supuesto, no todas las heridas son equivalentes y tampoco lo son las responsabilidades que se desprenden de ellas. Una mentira, una traición o una ruptura pertenecen a un registro distinto del abuso y la violencia, donde la protección de las víctimas y la justicia plantean exigencias que van mucho más allá de la reconciliación personal. Pero incluso en las faltas de nuestra vida cotidiana y amorosa me pregunto por qué hemos llegado a considerar que perdonar es siempre una muestra de madurez, mientras que negarse a hacerlo suele interpretarse como una incapacidad para seguir adelante.
El psicoanalista Massimo Recalcati escribió un Elogio del perdón en el que examina la posibilidad de perdonar dentro de una relación amorosa. Distingue el perdón concedido desde la resignación de aquel que exige un trabajo subjetivo, lento y difícil, capaz de transformar la relación con la herida. También reconoce que ese trabajo puede fracasar, incluso cuando todavía existe amor. Me interesa su reflexión, aunque el horizonte que propone es distinto del que ahora me ocupa: Recalcati piensa en la posibilidad de continuar una historia compartida, mientras que yo me pregunto qué lugar puede tener el perdón cuando ya no existe el deseo de recuperar ese vínculo.
Porque entonces la pregunta cambia. Si no hay una relación que reconstruir, si la disculpa llega cuando una ya ha decidido moverse de lugar, ¿qué tendría que hacer el perdón? ¿a quién aliviaría? Nos hemos acostumbrado a imaginarlo como el desenlace necesario de cualquier historia en la que se comete un daño, una especie de última estación a la que debemos llegar para demostrar que hemos conseguido superar lo ocurrido. Pero no estoy segura de que todas las experiencias necesiten terminar en absolución para dejar de dolernos.
Tal vez podamos comprender las razones de alguien sin justificarlas, aceptar una disculpa sin conceder el perdón o dejar de sentir enojo sin que eso signifique que hemos cambiado de opinión sobre lo sucedido. También podemos seguir adelante sin reconciliarnos con quien nos lastimó. Hallo muy liberador el hecho de reconocer que nuestra tranquilidad no depende de completar una escena en la que la otra persona pueda sentirse finalmente absuelta.
He vuelto varias veces a aquel mensaje y sigo pensando en la expectativa que puede esconderse detrás de unas palabras tan sencillas como “lo siento”. Durante mucho tiempo creí que leerlas me produciría algún alivio. Cuando finalmente llegaron, descubrí que el tiempo transcurrido también había cambiado lo que esperaba de ellas. Ya no estaba en el mismo lugar desde el que alguna vez las había deseado.
Hace poco leí Intolerancias, un poema de Andrea Cote que comienza diciendo “No es lo mismo decir que perdono / la larga espera, / el silencio, / el dolor”. Me quedé pensando en la posibilidad de que el tiempo nos permita vivir de otra manera con lo sucedido sin que eso implique perdonar a quien nos lastimó. A veces el dolor disminuye, la tristeza se vuelve menos frecuente y el enojo deja de acompañarnos todos los días, pero seguimos reconociendo el daño. No encuentro ninguna contradicción en ello. Tampoco creo que tengamos que restarle importancia a una herida para demostrar que hemos conseguido salir de ella.
No sé si algún día perdonaré. Puede que con el tiempo deje de pensar en lo ocurrido, que el enojo desaparezca o que su recuerdo pierda importancia. Ninguna de esas posibilidades me parece menos valiosa por suceder sin perdón. Hay heridas que dejan de ocuparnos sin que necesitemos absolver a nadie, y hay disculpas que llegan cuando ya no tenemos nada que responderles. Después de todo, si el perdón es algo que podemos ofrecer, también tendría que ser algo que podemos reservarnos.
*Socióloga por la UNAM. Lee, escribe y piensa alrededor de la literatura, la política y la vida cotidiana. En La vida mínima escribe sobre esas pequeñas cosas que, vistas de cerca, contienen algo del mundo.