Tercero Interesado: Los absolutos de la política
Este fin de semana, en millones de casas de México, alguien va a acomodar fotos entre cempasúchil, pan de muerto y veladoras. Y en muchos de esos altares habrá una foto de la que nadie habla. La de alguien que se quitó la vida.
En mi primera columna les conté que el 31 de marzo de 2011 perdí a mi mejor amigo. Hoy les cuento algo que me cuesta más: lo primero que pensamos sus amigos fue decir que había sido un accidente. Una mentira piadosa, creíamos, para cuidar su memoria. La idea no duró ni un día, pero me enseñó algo que he visto repetirse cientos de veces: cuando alguien muere por suicidio, a la tristeza se le suma la vergüenza.
Ese silencio viene de lejos. Durante siglos, a quienes morían así se les negó hasta la misa y el camposanto. Hoy ya no se les niega nada de eso, pero seguimos cambiando la causa de muerte, bajando la voz y escondiendo la foto. Y cada silencio deja a alguien solo con su duelo.
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