El gobierno de la Ciudad de México pasó de semáforo rojo a semáforo morado; es un decir. Lo cierto es que la “jefa” Sheinbaum se ahoga en medio de una tormenta perfecta. 

Los hospitales están saturados; faltan camas, ventiladores, oxígeno, medicamentos… y crematorios. Han sobrado festejos de fin de año y “reyes”, contagiados y muertos. 

La rebelión de las “cazuelas”, organizada por restauranteros que quieren pasarse el alto, el semáforo rojo, solo es una de muchas protestas ante la agonía económica; reclaman inequidad en las restricciones que, como siempre, no aplican a quienes sobreviven al margen de la norma. El semáforo rojo disparejo pone morados a millones que resisten a la idea de morir también de hambre. 

Sume el cortocircuito de la vieja columna vertebral del transporte colectivo en la capital nacional; al Metro se le fundió el cerebro. Las líneas 1, 2 y 3 están fuera de servicio. Cada mes, esas tres líneas realizan 60 millones de viajes-persona; no hay red de autobuses capaz de reemplazarlas; grave problema de movilidad, por lo menos hasta fin de mes. 

La ciudad de la esperanza, la innovación y los derechos igualitarios está secuestrada por la emergencia. 

Si a Claudia Sheinbaum algo le puede salir mal, también puede salirle peor. La funcionaria presidenciable se juega su futuro político. Si estaba roja, ahora también se nos pone morada.