El pronóstico del clímax: La incomprensión lectora
Durante buena parte de mi vida, y con especial convicción durante mi formación universitaria, me aferré al antipatriotismo. Me indignaba todo lo que había visto justificarse en nombre de la patria: proyectos de nación abiertamente racistas que necesitaban un solo rostro, un solo idioma, una sola manera correcta de ser mexicanxs. Aprendí a desconfiar de cualquier “nosotros” demasiado grande porque sabía que, detrás de esa pretendida unidad, siempre había quienes quedaban fuera: mujeres, pueblos indígenas y otros sectores históricamente subalternizados. La patria puede ser también el nombre con el que la exclusión intenta volverse legítima y, durante mucho tiempo, esa certeza me bastó para mantenerse a una distancia prudente de casi cualquier forma de fervor nacional.
No he cambiado de opinión sobre eso. Todavía me incomodan los nacionalismos que convierten una identidad compartida en una frontera moral y sigo recordando todo lo que se ha hecho históricamente para decidir quién pertenece a una nación y quién debe permanecer fuera de ella. Lo que ha cambiado un poco es mi manera de mirar algunas escenas que antes habría descartado, quizá porque en los últimos años también cambió mi propia relación con el momento político que atraviesa el país y con las formas en que una comunidad puede reconocerse a sí misma sin dejar de estar atravesada por contradicciones.
Es desde la contradicción que pienso, por ejemplo, en la noche del 15 de septiembre. En las familias que llegan a muchas plazas del país desde temprano y en quienes tienen como tradición ir cada año al Zócalo. Pienso en el concierto gratuito, en los puestos de comida, en las niñas con moños tricolores y en miles de personas que esperan juntas el momento de gritar “¡Viva México!”. Durante años miré todo aquello poniendo atención, sobre todo, en el artificio que lo sostiene. Ahora sigo viendo el artificio, pero también puedo mirar la alegría de quienes están ahí, el ritual familiar, la convivencia y esa extraña facilidad con la que miles de desconocidos aceptan durante unas horas sentirse parte de algo más grande que la suma de individualidades.
No creo que esta contradicción, ni muchas otras, tenga que resolverse. Con el tiempo he aprendido a convivir bastante en paz con ella: puedo desconfiar de la patria como abstracción y, al mismo tiempo, reconocer los afectos que produce sentirme parte de algo compartido. Benedict Anderson escribió que la nación es una comunidad imaginada porque ningún mexicano conocerá jamás a la inmensa mayoría de sus compatriotas y, sin embargo, puede imaginar cierta comunión con todos ellos. Me parece una de las mejores maneras de pensar la extrañeza de una nación: pertenecemos a algo compuesto, en su mayoría, por personas que nunca conoceremos, pero, que esa comunidad sea imaginada no vuelve menos reales sus consecuencias. Las ficciones reúnen gente, organizan rituales, hacen que las familias se encuentren y consiguen que, llegada cierta hora, una plaza entera responda a una voz que nos anima desde un balcón.
Cada 15 de septiembre las redes sociales se inundan con uno de los poemas más repetidos de José Emilio Pacheco. Alta traición comienza con una declaración a la que durante mucho tiempo habría podido adherirme sin reservas:
Lo que me gusta más del poema está precisamente en los siguientes versos, cuando Pacheco abandona esa abstracción enorme y se mueve hacia las cosas concretas por las que sí reconoce una emoción: cierta gente, bosques, desiertos y tres o cuatro ríos. Porque para querer a la patria, hay que bajarla de esa abstracción y encontrarla en las personas, los lugares y las cosas que forman parte de nuestra vida.
Creo que en esa forma de acercarse a la patria encuentro algo que me resulta mucho más reconocible. La palabra patria sigue pareciéndome demasiado grande y demasiado cargada de historia como para entregarme a ella sin reservas, pero puedo pensar en cosas más cercanas que logran conmoverme: una familia que hace del 15 de septiembre una tradición, la música en una plaza pública, la comida compartida, una niña sobre los hombros de su padre esperando el grito, miles de personas que probablemente no tienen nada más en común y que durante unos minutos responden juntas a los mismos vivas. La abstracción sigue resultándome difícil pero esas escenas, en cambio, pueden suscitar en mí una emoción inexplicable.
Durkheim, sociólogo, llamó efervescencia colectiva a la intensidad de un grupo reunido alrededor de un mismo ritual. Me gusta ese concepto porque reconoce algo necesariamente físico en esa experiencia. Es decir, no compartimos únicamente una idea sino que la cercanía de otros cuerpos transforma también la manera en que sentimos. Una grita porque gritan los demás, alguien canta una canción que conoce desde niña, las voces se superponen y durante un momento la propia se confunde con una voz mucho más grande. Entender de dónde viene el ritual no impide que una, estando ahí, se emocione.
Quizá eso fue lo que durante años me costó admitir. Conocer la construcción de un símbolo no lo vuelve automáticamente inerte, de la misma manera en que saber que una puesta en escena es una ficción no impide que algo de ella nos conmueva. Podemos conocer el artificio y seguir experimentando sus efectos. Eric Hobsbawm llevó esa sospecha sobre el artificio a las tradiciones y mostró cómo muchas prácticas que parecen llegar intactas desde un pasado remoto fueron construidas, modificadas o institucionalizadas mucho después de los acontecimientos que conmemoran. El grito también ha adquirido sus formas con el tiempo: la campana, el balcón, la arenga, los nombres que se pronuncian. Cada año somos parte de ese ritual y lo ejecutamos con maestría, pero repetirlo nunca ha sido reproducir exactamente la historia misma.
Esta ocasión me quedé pensando precisamente en los nombres que, desde el año anterior, aparecieron en las arengas. Durante mucho tiempo aprendimos la historia de algunas mujeres extraordinarias a través de los hombres con quienes estuvieron casadas. Josefa Ortiz fue para generaciones enteras “la Corregidora” o Josefa Ortiz de Domínguez, y el apellido de su esposo permaneció unido al suyo incluso cuando la nombramos para recordar una historia que ella misma protagonizó. Por eso escuchar a las mujeres de la Independencia nombradas por sus propios nombres tiene para mí una carga simbólica que excede el detalle protocolario: Josefa Ortiz Téllez-Girón, Leona Vicario, Gertrudis Bocanegra. No como apéndices o asistentes de los héroes de la patria, sino como mujeres con una biografía y un lugar propios dentro de esa historia.
Puede parecer una modificación pequeña frente al peso de una historia nacional, pero no lo es, porque nombrar es también hacer algo. Un nombre pronunciado en voz alta no se limita a identificar a quien ya conocemos: reconoce, inscribe, devuelve un lugar. Nombrar a Josefa Ortiz Téllez-Girón es hacerla aparecer en la historia con un nombre propio, después de tanto tiempo de recibirla ligada al de su esposo, como si incluso para ocupar su lugar en la memoria hubiera necesitado de ese vínculo. Que ese nombre se pronuncie en el ritual con el que cada año conmemoramos el origen de la nación modifica la memoria que construimos al repetirlo.
Nada de esto significa que una manera distinta de pronunciar unos nombres corrija retrospectivamente las exclusiones sobre las que también se construyó el país, ni que un ritual pueda volver incluyente por sí mismo a una comunidad. Justamente porque las ficciones nacionales han servido para establecer fronteras entre quienes pertenecen y quienes supuestamente no, importa observar las pequeñas disputas que ocurren dentro de ellas. Quién aparece, cómo aparece, qué historias contamos y qué nombres consideramos dignos de ser pronunciados frente a una plaza llena, son también decisiones sobre la comunidad que imaginamos.
Ahí encuentro una posibilidad que durante mis años de antipatriotismo me interesaba poco. Saber que las tradiciones son construcciones permite desconfiar de ellas, pero también preguntarse por la posibilidad de intervenirlas. Cada generación recibe símbolos, relatos y rituales que existían antes de su llegada y participa, quiera o no, de su repetición y de sus desplazamientos. La campana puede seguir siendo la misma y el balcón también, pero cambian los nombres que se pronuncian desde arriba y cambia también el pueblo que, desde abajo, responde “¡Viva!” y se reconoce dentro de esa comunidad.
Eso no cancela nada de lo que alguna vez me hizo desconfiar de la patria. Los nacionalismos han servido para fabricar enemigos, imponer identidades y convertir diferencias en amenazas, y cualquier comunidad que se imagine a sí misma tiene la obligación de preguntarse quién puede reconocerse dentro de ella y quién sigue quedando fuera. Una plaza llena y alegre no resuelve esa tensión. A lo mucho permite mirar otra dimensión de la misma ficción: su capacidad para producir también encuentro, memoria compartida y una forma de pertenencia que no tiene por qué exigir que todos seamos iguales para reconocernos momentáneamente dentro de un mismo relato.
Por eso ya no me interesa demasiado decidir si mi emoción frente a esas escenas contradice mi desconfianza feroz de la patria. Puedo seguir mirando con sospecha una abstracción que tantas veces ha servido para excluir y, al mismo tiempo, sentir afecto por algunas de las cosas concretas que caben dentro de ella. Puedo escuchar un “¡Viva México!” y pensar en todo lo que esa frase ha significado, pero también en una plaza ocupada por familias, en una fiesta que cualquiera puede mirar desde la calle y en los nombres de mujeres que aparecen de otra manera dentro de una historia que durante mucho tiempo las contó desde los márgenes.
Vuelvo entonces, y como siempre, a la poesía y a ese “fulgor abstracto”. La patria todavía me cuesta cuando intento pensarla así, en abstracto. Prefiero buscarla, como Pacheco, en aquello que sí puedo reconocer y querer: en las personas, los lugares y las pequeñas cosas que me emocionan. Ahí encuentro una forma de nombrarla que me resulta propia.
La patria es y seguirá siendo una comunidad imaginada, cargada de exclusiones y disputas. Justamente por eso importa la manera en que nos proponemos imaginarla cada vez que nos reunimos, repetimos un ritual o pronunciamos ciertos nombres. Una ficción necesaria es, afortunadamente, inacabada. Todo el tiempo le estamos incorporando personas, lugares y pequeñas cosas que nos emocionan. De la patria sigo desconfiando cuando se me presenta como abstracción, pero por las pasiones populares, por la alegría compartida y por la gente que quiero, daría la vida.
*Daniela Flores Recéndiz. Socióloga por la UNAM. Lee, escribe y piensa alrededor de la literatura, la política y la vida cotidiana. En La vida mínima escribe sobre esas pequeñas cosas que, vistas de cerca, contienen algo del mundo.