Tiempos Modernos: Claudia, primer paso para obtener justicia
Un hombre sube a la Pirámide de la Luna, en Teotihuacán, uno de los lugares más visitados y simbólicos de México. No va a contemplar el paisaje ni a tomarse la foto postal. Va armado. Desde lo alto, abre fuego contra turistas de distintas nacionalidades. Una mujer canadiense muere. Al menos 13 personas resultan heridas. Luego, el agresor se suicida o es abatido en el intercambio con fuerzas de seguridad, según los reportes oficiales.
La escena es brutal, pero no es inexplicable. Es el punto de encuentro entre dos vectores que llevamos años normalizando: discursos de odio y acceso relativamente sencillo a armas de fuego. Cuando se cruzan, lo que ocurre en la pirámide no es un “hecho aislado”: es la consecuencia lógica de un ecosistema que tolera la deshumanización y facilita la letalidad.
Hasta ahora, las autoridades han descrito al agresor, identificado como un hombre de 27 años, armado con una pistola, un arma blanca y cartuchos útiles. No hace falta que exista una gran conspiración para entender el peligro: basta un individuo con acceso a un arma, un espacio masivo y una narrativa —personal o colectiva— que le diga que los otros son prescindibles, culpables, enemigos, invasores, “los que sobran”.
Los discursos de odio no siempre aparecen en forma de arengas explícitas. A veces son más sutiles:
Ese caldo de cultivo se mezcla con algo igual de grave: la normalización de las armas. No solo en el crimen organizado, sino en la cultura política y social. El arma como extensión del enojo, del miedo, del resentimiento, del delirio de poder.
Teotihuacán es un símbolo perfecto de la contradicción: Un sitio que representa memoria, cultura, historia compartida… convertido en escenario de terror, evacuaciones, cuerpos tirados en el piso, turistas extranjeros heridos, una zona arqueológica cerrada “hasta nuevo aviso”.
El problema no es solo de seguridad pública. Es de ecosistema social. Porque mientras sigamos tratando estos hechos como “locuras individuales”, evitamos mirar lo incómodo:
Los discursos de odio hacen algo muy preciso: rompen el freno interno. Si el otro ya no es un igual, si es “plaga”, “enemigo”, “traidor”, “invasor”, entonces la violencia deja de ser impensable y se vuelve justificable. Las armas hacen el resto: convierten esa justificación en capacidad real de matar.
Teotihuacán no debería ser leído solo como un ataque a turistas o a la imagen internacional del país. Es también un espejo:
La respuesta institucional será, como siempre, reforzar seguridad, investigar, atender víctimas, cerrar la zona arqueológica, emitir comunicados. Todo eso es necesario. Pero si no hablamos de los discursos que deshumanizan y de las armas que circulan, lo que estamos haciendo es administrar la tragedia, no evitar la siguiente.
Teotihuacán nos deja una lección incómoda: no basta con custodiar pirámides si dejamos desprotegida la conversación pública. Porque cuando el odio encuentra un arma, cualquier cima —aunque sea sagrada, histórica o turística— puede convertirse en un punto de disparo.




