Tiempos Modernos: Claudia, primer paso para obtener justicia
La madrugada del 19 de abril, alrededor de las 2:00 de la mañana, al parecer un grupo de encapuchados violó accesos e ingresó a las oficinas administrativas de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la UAEM, para vandalizarlas. Esto sólo se infiere, porque hasta el momento no se conoce claramente lo que ocurrió. De acuerdo con la denuncia y el deslinde hecho por la Resistencia Estudiantil, no eran personas del movimiento, más bien eran “infiltrados”.
Justo unas horas después de los primeros acuerdos, viene el ataque. No es casual, tampoco que haya sido en la Facultad de Derecho. La pregunta es inevitable: ¿a quién convino que, justo cuando la mesa de diálogo del sábado 18 había alcanzado sus primeros acuerdos, apareciera un sabotaje capaz de reventarlo todo?
Primeros acuerdos sobre seguridad, la parte medular del conficto. Primeros acuerdos sobre el reconocimiento jurídico de la Resistencia. Transformación de la propia UAEM, particularmente de la relación entre las autoridades y el estudiantado, su organización y su representatividad.
Ese era el punto de inflexión. Y fue exactamente ahí donde apareció el sabotaje.
El movimiento respondió con un deslinde inmediato. No solo negaron participación: denunciaron infiltración. Ese tipo de deslinde solo ocurre cuando el movimiento sabe que el incidente puede ser usado para:
Si la Resistencia pierde legitimidad, pierde la mesa. Y si pierde la mesa, pierde la oportunidad histórica de convertirse en organización legal.
¿A quién conviene eso?
Hasta hace poco, la administración había cedido en casi todo. Incluso destituyó a una directora por petición estudiantil.
Pero en la última semana la Rectoría comenzó a poner condiciones:
El incidente puede dar a la Rectoría un argumento para recuperar control sin aparecer como intransigente.
¿A quién conviene que la Rectoría tenga más margen para condicionar la mesa?
La Resistencia ya no pide el desconocimiento de la FEUM. Pide algo más profundo: existir legalmente.
Ese paso rompería el monopolio de representación estudiantil que la FEUM ha mantenido durante décadas. Un monopolio que no cayó por presión externa, sino por su propia incapacidad para representar a quienes les eligieron.
El sabotaje ocurre justo cuando esa discusión estaba sobre la mesa. Justo cuando la FEUM enfrenta su mayor debilidad. Justo cuando la Resistencia está más cerca que nunca de convertirse en actor formal.
¿A quién conviene que esa discusión se frene?
Aquí aparece un elemento clave: las personas expulsadas del movimiento por organizar fiestas, francachelas y arrancones dentro del campus, la mayoría no estudiantes, aunque cercanas a personajes desplazados políticamente de la Facultad de Derecho.
Personas financiadas —según señalamientos internos— por intereses que buscan prolongar el conflicto para desgastar a todas las partes.
No es descabellado pensar que quienes fueron expulsadas:
¿A quién conviene un movimiento dividido, debilitado o desacreditado?
El sabotaje no acerca soluciones. Las aleja.
Y en todo conflicto prolongado siempre hay actores —internos o externos— que ganan con la prolongación:
¿A quién conviene que la UAEM siga atrapada en el conflicto?
No se trata de señalar culpables. Se trata de hacer la pregunta correcta:
¿quién gana con el sabotaje del 19 de abril?
Porque lo que está en juego no es solo una oficina vandalizada. Es la posibilidad de que la UAEM avance hacia una nueva estructura de representación estudiantil. Es la oportunidad de que la Resistencia se convierta en organización legal. Es la viabilidad misma del diálogo.
El sabotaje ocurrió en el peor momento para el movimiento. Y en el mejor momento para quienes no quieren que nada cambie.
La pregunta sigue abierta. Y mientras no se responda, el conflicto seguirá teniendo más sombras que certezas.




