Menos de 30% de escolares cumple recomendación de verduras
La Secretaría de Educación Pública, encabezada por Mario Delgado, decidió recortar el ciclo escolar y cerrarlo el 5 de junio, con el pretexto del Mundial 2026. Sí, el mismo Mario Delgado que, según reportes periodísticos, fue señalado por su cercanía con la secta estadounidense NXIVM, como documentaron investigaciones de Proceso, Aristegui Noticias y El País.
Pero más allá del personaje, lo que importa es la decisión: México recorta un mes y medio de clases por un torneo de futbol.
Primero fueron las alertas de suspensión de clases cuando jugara la Selección Mexicana. Tres partidos. Cuatro si nos ponemos optimistas. Nada grave.
Pero lo que nadie esperaba era esto: acortar el ciclo escolar completo. Un país con rezagos educativos históricos decide que el Mundial es más importante que la escuela.
El discurso oficial dice que se prohíbe la comida chatarra en las escuelas por salud. Pero ahora se regala un mes y medio para que niñas y niños se expongan al evento que más alienta el consumo de comida ultraprocesada y alcohol.
No es moralismo. Es incongruencia.
El Mundial no promueve el deporte. Promueve el consumo. Promueve la publicidad. Promueve la evasión.
Y el Estado mexicano decidió alinearse con la FIFA, no con la educación.
La FIFA vende el Mundial como una fiesta económica. Pero la evidencia internacional dice otra cosa:
La FIFA gana. Los gobiernos gastan. Las ciudades se endeudan. Las poblaciones pagan.
Y ahora México decide suspender clases para sumarse a la fiesta.
El recorte del ciclo escolar no solo afecta el aprendizaje. Afecta la vida cotidiana.
¿Quién cuidará a niñas y niños durante un mes y medio? ¿Las madres cuidadoras? ¿También les darán vacaciones en sus trabajos para ver el Mundial? ¿O tendrán que improvisar, pagar, endeudarse, pedir favores?
La SEP no respondió eso. Porque no lo pensó. Porque no piensa en cuidados, piensa en espectáculo.
México tiene un problema serio: la política pública se rinde ante el entretenimiento.
La educación se recorta. La FIFA manda. El Estado obedece. Y la sociedad paga.
El pan y circo siempre funciona. Siempre.
Pero esta vez, el costo es demasiado alto: un ciclo escolar mutilado en un país con rezagos profundos.




